La humanidad siempre ha anhelado descubrir todos los secretos del universo. Impregnarse de sabiduría sobre lo desconocido. Es justamente esa necesidad del conocimiento y la curiosidad los factores que impulsarán a Elisabeth, una joven chica que se matricula en la universidad más prestigiosa del mundo, Harvard, con el fin de sacarse la carrera de bellas artes, su pasión; en el descubrimiento de secretos profundos de los que podría depender ella misma.

Durante sus primeras horas de estancia, uno de los estudiantes de la Universidad, conocido como Justin Bieber, atrae toda su atención al notar cierto misterio en su interior; miles de secretos que ella desea descubrir y que harán que su vida recobre otro sentido.

¿Cuáles son los secretos que se ocultan detrás de Justin que tanto afectarán su vida? Cuando cree que lo mejor que puede hacer es huir de todo eso, ¿podrá, una vez sepa toda la verdad, ocultarse de ella y rehacer su vida o será demasiado tarde para dar marcha atrás y pretender que todo ha vuelto a la normalidad?

martes, 16 de julio de 2013

Capítulo 1 "El comienzo de un final"

   Las últimas cosas de mi estudio que necesito ya están dentro de la maleta, entre los que incluyo mi cuadernillo de dibujo y algunos materiales más. Me da mucha lástima dejar todos mis lienzos aquí durante todo este tiempo en el que voy a estar fuera, es deprimente pensar que no podré volver a pintar los atardeceres de Ashbury en una larga temporada.  
   Sólo quedan el reproductor de música y los cascos para el largo camino que me espera hasta la universidad de Harvard, en Cambridge. Siendo más exactos, se sitúa en el estado de Massachusetts, a seis horas de Ashbury, el pueblo perdido de la mano de dios en Nueva Jersey en el que vivo actualmente.
   El teléfono suena ensordecedora e insistentemente mientras rebusco por toda la habitación en busca de los objetos que harán de mi viaje algo más ameno y cómodo. Trato de ignorarlo por unos instantes, pero mi poca paciencia se agota tan deprisa que en seguida me levanto y lo hago callar apretando el botón rojo. Lo tiro hacia la cama en un rápido movimiento de muñeca y vuelvo a mi anterior tarea, pero de nuevo, vuelvo a ser interrumpida por el irritante tono de llamada que mi padre programó para los teléfonos de casa. Ésta vez lo cojo y el siguiente botón que aprieto es el verde.
   –¿Diga? –pregunto desganada.
   –¡Elizabeth! ¡Llegó el día! ¿Nerviosa? –la voz de Aaron, mi mejor y único amigo, se cuela por mis oídos aliviándome completamente. Pensé que olvidaría que hoy me marchaba. Su cabeza siempre anda en las nubes y no hubiese sido en absoluto nada raro un despiste de ese calibre por su parte. Aaron y yo nos conocemos desde hace tres años solamente. Básicamente, el tiempo que he estado aquí, en este aburrido pueblo. Él es muy diferente a mí, y probablemente eso sea lo que nos una tanto. Su bonito pelo echado hacia un lado, cuando lo mueve de aquella manera tan divertida con la cabeza evitando que se le meta en los ojos, es casi tan oscuro como el mío. Es físicamente lo que muchas chicas dirían "el chico perfecto". Aunque solamente yo sé que no sólo tiene un buen físico, sino una personalidad un tanto extrovertida y extravagante.
   –Te he dicho tropecientas veces que no me llames así. Es un nombre odioso.    
   –Lo siento, Beth. A mí me gusta. Suena a cargo importante de la realeza. Quién sabe, quizá seas la hija perdida de… ¿tienes algún libro de Historia a mano? –una risotada estúpida sale de mi garganta. Aaron y sus desinformadas comparaciones.   
   –¿Por qué no sacas el tuyo del año pasado? Si está nuevo. –digo mientras coloco el teléfono entre mi hombro y la oreja, y me agacho con dificultad en busca de mis cascos negros debajo de la cama– Dudo que le hayas quitado el plástico–.
    –Oh, cállate. Estás insinuando que no estudio, y sí lo hago. –parece ofendido, aunque yo sé muy bien que solo finge.
   –Claro, dile eso a quien no haya visto tu uno en Historia. Que por cierto, creo que fue por compasión.
   –Perdone Señora-me-sé-todas-las-fases-de-la-Primera-Guerra-Mundial, puse bien el nombre y el apellido. Eso tiene que contar algo. –niego con la cabeza, olvidando que él no puede verme– El caso es, que “Elisabeth”, mola.
   –Prefiero que me llames Bethy, Liz, Lizzy o gusano de seda.
   –Te olvidaste de “morena de bote”, mi querida rubia teñida. 
   Exacto. Me he teñido el pelo castaño más veces de las que me ha latido el corazón en el último año. Llevo haciéndolo desde que tengo conocimiento, bueno puede que haya exagerado con esto último. En realidad llevo haciéndolo desde los catorce años. Siempre estuve en contra de los estereotipos que se especulan sobre las rubias. Además de eso, supongo que morena estoy mejor. De hecho, desde que nos mudamos aquí, todo el mundo piensa que soy así-sin contar a Aaron-. En mis anteriores viviendas probar el negro azabache había sido uno de mis mayores errores, cada vez que salía a la calle tenía la impresión de que la gente iba a salir corriendo en cualquier momento por miedo a que les lanzase una maldición o algo parecido. Parecía la hechicera mala de una película inspirada en Halloween.  
   –¿Puedes levantar el estor? –pregunta con el mismo entusiasmo de siempre en su voz. Seguramente ya esté delante de su ventana impaciente porque levante el mío.
   –Venga, por favor, quiero ver como irás tu primer día de universitaria –los pelos se me ponen de punta cuando lo dice de esa manera. Ni siquiera me lo creo–. 
   Llevo años esperando éste momento, y al fin, lo logré. ¡Voy a ir a la universidad! Emocionante, ¿verdad? Me imagino paseando por el campus con mi libreta en la mano y un lapicero en la otra; pintando a los estudiantes, los árboles, las vistas al río que cruza la ciudad...Sencillamente increíble.
¡Aquí están los cascos!
   –¿Hola? ¿Sigues ahí? –¡oh, me olvidaba de Aaron!

   Los meto con el resto de cosas dentro de la maleta y miro una última vez a mí alrededor, en busca de algún objeto imprescindible que vaya a necesitar durante mi estancia en Harvard.
   –Lo siento. Estaba absorta pensando en lo maravilloso que será ir a la universidad.
   –Lo sé. Ojala hubiese podido ir contigo, pero gracias a mis fantásticas notas...ya sabes...no me aceptaron. –me entristezco de nuevo recordando el día de las notas, nuestro último día de instituto. Antes de que el verano comenzase. Recuerdo a Aaron, con unos pantalones absolutamente negros hasta las rodillas, una camiseta blanca sin mangas y su habitual pelo alborotado tan oscuro como la noche los días que la luna menos alumbra. Una vez sentados de nuevo en clase, cada uno en su sitio, aunque él y yo nos sentábamos al lado, él cogió mi mano a través de la distancia, calmando mi nerviosismo. Dependía totalmente de aquellas calificaciones para mi aceptación en Harvard y él sabía cuán intranquila me había encontrado los días anteriores. Así que ambos esperamos a recibir un boletín azul sobre nuestros pupitres y acordamos abrirlos al mismo tiempo.
Y así hicimos. Pero Aaron no se había alegrado tanto como yo al hacerlo, tan sólo tres de las nueve asignaturas que teníamos las había aprobado. Pero aún así, se alegró por mí y me sostuvo en sus brazos en un gran abrazo, aunque yo sabía que estaba dolido porque aquello nos separaría.
   Voy a echarles mucho de menos a todos. ¿A quién le contaré mis batallitas diarias? Las llamadas desde ahí son bastante más caras y no tengo pensado llamar todos los días. ¿Debería llevarme una libreta dónde apuntar todo lo que ocurra para leérselo cuando hablemos? Ni hablar. Lo mío no es la escritura. Supongo que tendré que comer mucho pescado para hacer memoria y recordar todo lo interesante para cuando les llame.
   –El año que viene quizás consigas entrar. –digo acercándome a la ventana y levantando el estor que impide que nos veamos.
   Aaron y su húmedo cabello recién lavado aparecen delante de mí a una relativa distancia no tan lejana.
   –¿No te sentirás un poco sola? Quiero decir...No es que desconfíe de tu sentido de la carisma, pero te conozco lo suficiente para saber que no es tu mejor habilidad.
   –Lo sé, probablemente sí. Pero eso es lo de menos.
   –¿Por qué no te has puesto los vaqueros que te compraste la semana pasada? Me costó media hora convencerte de que te quedaban bien –típico de él. Cambiar de tema más rápido de lo que pestañea–.
   –¿Esos tan ajustados dices? No son mi tipo.
   –Venga Beth, tienes que estar radiante en tu entrada en la universidad. Será como en las películas. Cuando pongas un pie en el suelo para salir del coche todos los chicos te mirarán. Confía en mí. –comienza a divagar– Claro que eso solo ocurrirá si te pones los otros vaqueros y una camiseta con un poco de escote. –le miro a través del cristal, fulminante.
   –Sabes que yo no me pondría eso ni aunque fuese el ritual para salvar al mundo del Apocalipsis.
   –No perdía nada por probar. Pero llévate algo de ropa de esa que compramos el otro día. Puede que en un año acabe gustándote.
   –¿Te callarás si lo hago?
   –Por supuesto.
   Cojo el montón de la ropa que compramos el sábado pasado cuando fuimos a ver una peli al centro comercial, ya que no hay más de cinco prendas aún con la etiqueta puesta, y las coloco en la esquina de la maleta que quedaba libre.
   –¿Contento? –pregunto volviendo a la ventana.
   –Mucho –contesta con una gran sonrisa–.
   –¡Elizabeth! ¡Ya es la hora! –grita mamá desde abajo de las escaleras.
¡Dios! Cada vez está más cerca.
   –Tengo que dejarte.
   –Nos vemos abajo –dice guiñándome un ojo. Me hace sonreír verdaderamente por segunda vez en este maravilloso día. Uno de los mejores hasta el momento, indudablemente–.
   Moon irrumpe en mi cuarto con un fuerte maullido y se acerca a mis pies para restregar su cuerpo por ellos mientras ronronea, en busca de algo de amor.
   Cojo a mi gata en brazos y comienzo a acariciar su suave pelaje negro. Otro para mi lista de "Echar de menos". No me he separado de esta gatita desde el día en el que la rescaté de las calles, su primer día de vida.
   La dejo en el suelo, después de darle un suave beso sobre su pequeña y negra cabeza, cuando mi madre vuelve a gritar acercándose cada vez más su agradable voz por el pasillo. La puerta se entreabre y la mujer que ha sido mi única compañía femenina que no se ha burlado de mí, asoma por ésta. Ella siempre ha sido una madre común. De ese tipo de madres a las que le dices que estas aburrida–cosa que raramente me pasa, pues me paso la vida entera plasmando sobre un papel cualquier cosa que se cruce en mi camino–y te hace fregar los platos o quitar el polvo de los viejos jarrones de la casa mientras te hace fotos para rellenar los álbumes y enseñárselas a la familia en Navidad. O de ese tipo de madres que lo encuentran todo cuando tú no lo haces y siempre te acabas preguntando por qué tus cosas te odian tanto como para esconderse de ti y hacerte quedar mal.
   El caso es, que mi madre puede ser todo eso pero también es la persona que me ha enseñado a tener ciertos valores que no se pueden ganar por cuenta propia.
   –Beth, cariño, ya va siendo hora de marcharnos. Nos queda un viaje bastante pesado por delante –me anuncia con una sonrisa afectiva dibujada en la cara–.
   –Claro, mamá –le devuelvo la sonrisa–.
   –¿Necesitas ayuda con eso? –pregunta refiriéndose a la maleta que hay a mi lado.
   –No, gracias. No pesa tanto.
   –De acuerdo, venga. Tu padre nos espera en el coche.
   Bajo corriendo por las escaleras cuando me he retrasado otros cinco minutos escondiendo las caricaturas y las estupideces que he estado soñando el último año, cosas sin sentido que he plasmado en papel porque parecían incluso interesantes, pero no quiero que mamá las vea y piense que necesito un psicólogo, lo que sería lo más lógico.
    Dentro del coche me esperan mis dos padres, y al lado se encuentran Aaron y su madre, para despedirme.
   –Bueno, espero que te lo pases genial y aprendas mucho. –dice la señora Nichols empleando cierto cariño en sus palabras.
   Esta mujer ha sido como la segunda madre para mí. Me ha cuidado junto con Amy, mi madre, como si fuese su propia hija.
   –Muchas gracias, Caroline, lo haré. –la abrazo con fuerza y, al separarnos, Aaron espera sonriente su turno.
   –Liga mucho, eh –la señora Nichols y yo reímos, mientras mi madre le echa una mirada de desaprobación a mi amigo–.
   –Te voy a echar de menos, idiota –susurro cuando le acojo en mis brazos–.
   –Yo también. –dice ya serio–Llámame siempre que puedas, Beth.
   –Claro. –las lágrimas amenazan con salir de mis ojos en cascadas, pero las mantengo a raya, no quiero parecer débil.
   –¡Adiós! –me despido con la mano cuando me subo en el coche y éste arranca, alejándonos de Ashbury.


   La suave brisa de fuera choca contra el coche a la velocidad a la que mi padre conduce con concentración. Tan tenso al volante como siempre y después de más de diez años me sigo preguntando el por qué de esa cuestión.
   Las cinco horas de viaje que llevamos parece que ni siquiera hubieran pasado gracias a la increíble siesta que me he echado apoyada sobre la ventanilla de atrás. Ya son las cuatro de la tarde y todavía queda una hora más o menos de viaje.
   –Ya te has despertado. –dice mamá. Asiento con la cabeza al notar la boca tan seca que no puedo pronunciar palabra– Quería que habláramos de algo antes de llegar.
   –Dime. –digo con la voz algo quebrada. ¿A qué se referirá?
   –Verás, hija. Esto de estar fuera de casa tanto tiempo conlleva una serie de responsabilidades, sé que tu siempre has sido muy independiente, pero aún así, quería decirte que, bueno, ya tienes dieciocho años y...
   –Mamá–digo interrumpiéndola porque creo que esto le está resultando tan incómodo como a mí– Sé a lo que te refieres, y tranquila, no voy a volver embarazada ni nada por el estilo.
   Por favor, ¿desde cuándo estoy interesada en los chicos?
  –De acuerdo, sólo quería que tuvieses cuidado. –río interiormente por lo absurdo que resulta– Aún así, –retoma–hay algo más. Ten cuidado de con quién te relacionas, ¿entendido? Si algo va mal, llámanos. Sea lo que sea –frunzo el ceño en señal de confusión. ¿Qué puede pasarme en una universidad además de ser atacada con lápices en alguna clase, torcerme un tobillo caminando por el campus o tener frío por la noche? Tan sólo está exagerando, me digo–.
   Asiento, intentando zanjar el incómodo tema del todo de una vez por todas.


   Al fin. Harvard. Tres cursos. Libertad. Arte. Cuatro conceptos que rondan incesantemente por mis neuronas, que mandan impulsos a todos los rincones de mi cuerpo, incluso a los más recónditos. Siento mi corazón latir tan fuerte que por un momento creo que Amy y Allan pueden oírle bombear la sangre.
   Papá aparca el coche delante de los altos muros que rodean el edificio, un edificio que parece el castillo de algún rey de la Edad Media. Sin duda sorprendente. Estoy segura de que si Aaron lo viese de ésta manera, diría que concuerda con mi nombre.
   –Ya es la hora –suspira Amy, desolada por la inevitable despedida que sigue a continuación–.
   –Lo es. –añade su marido, con el mismo estado de ánimo– ¿Estás lista, cielo? –pregunta mirándome por el retrovisor.
   Siento nostalgia en sus palabras. Lo entiendo. Yo también les echaré de menos pero, demonios, les voy a visitar de vez en cuando. ¡No es el fin del mundo!
   Estoy preparada.
   Mierda, dilo en voz alta. Estas más que preparada para ser lo que querías, aún más independiente de lo que siempre has sido.
   –Estoy preparada.
   Siento una fuerte presión en la nuca cuando coloco mi mano sobre la palanca que, con sólo tirar ligeramente, abriría la puerta a mi hogar durante los próximos dos años, se desliza suavemente por mi columna vertebral e invade todo mi cuerpo, provocándome un escalofrío que me agita.
   Vamos Beth, tú puedes. Me autoanimo.
   Yo puedo, claro que puedo. Ahí fuera esta todo lo que yo he deseado. Y al fin lo tengo.
   Éste último pensamiento me empuja a abrir la puerta y pongo un pie por primera vez en las tierras de Harvard. Allan y Amy se encuentran a ambos lados de mí, pero yo no aparto la mirada del gran escudo que acapara todo mi campo de visión cuando miro hacia arriba.
Wow...
Otro escalofrío me recorre.
   Bajo un poco la mirada y me encuentro con miles de miradas extrañas. Quizá no miles. Cientos. Sí. Cientos. Una señal me llama la atención.
  “No estacionar vehículos aquí” en rojo. La señal tiene un fondo blanco que hace que las letras resalten aún más. ¡Mierda, papá!
   Le miro y él se disculpa encogiéndose de hombros.
   –No lo he visto –susurra–. 
   Me abraza rápidamente, saca mi maleta y se sube al coche junto a mi madre, que no se va antes de dejarme en ridículo besando mi frente y asegurándose de que me pondré el abrigo cuando haga frío.
   Ambos desaparecen despidiéndose con la mano por la ventanilla, y dejándome con el marrón de la masa que no aparta la mirada de mí. ¿Tan rara soy? Me echo un vistazo rápido por encima y me parece que voy como cualquier otro día. Me gusta mi ropa. Una sudadera caqui y un pantalón negro que reservo para ocasiones especiales. Nada que pueda llamar la atención. Aunque, he de reconocer, que yo nunca he sido de llevar ropa ajustada que pueda marcar mi estética.
   De nuevo, dirijo la mirada hacia la multitud y ya nadie me observa, así que decido coger mi maleta y avanzar hasta el portón de entrada. Y aquí comienza esta vida, supongo. Vida de universitaria.
Sí, definitivamente suena genial.

1 comentario:

sandra dijo...

JODERRR cuando podre yo decir eso ¡¡
VIDA DE UNIVERSITARIAAAAAAA¡¡¡¡¡¡no e leído mas que el prologo y este capitulo y ya me tiene enganchada jaja