Las últimas cosas de mi estudio que necesito ya están dentro de la
maleta, entre los que incluyo mi cuadernillo de dibujo y algunos materiales
más. Me da mucha lástima dejar todos mis lienzos aquí durante todo este tiempo
en el que voy a estar fuera, es deprimente pensar que no podré volver a pintar
los atardeceres de Ashbury en una larga temporada.
Sólo quedan el reproductor de música y los
cascos para el largo camino que me espera hasta la universidad de Harvard, en
Cambridge. Siendo más exactos, se sitúa en el estado de Massachusetts, a seis
horas de Ashbury, el pueblo perdido de la mano de dios en Nueva Jersey en el
que vivo actualmente.
El teléfono suena ensordecedora e
insistentemente mientras rebusco por toda la habitación en busca de los objetos
que harán de mi viaje algo más ameno y cómodo. Trato de ignorarlo por unos
instantes, pero mi poca paciencia se agota tan deprisa que en seguida me
levanto y lo hago callar apretando el botón rojo. Lo tiro hacia la cama en un
rápido movimiento de muñeca y vuelvo a mi anterior tarea, pero de nuevo, vuelvo
a ser interrumpida por el irritante tono de llamada que mi padre programó para
los teléfonos de casa. Ésta vez lo cojo y el siguiente botón que aprieto es el
verde.
–¿Diga?
–pregunto desganada.
–¡Elizabeth! ¡Llegó el
día! ¿Nerviosa? –la voz de Aaron, mi mejor y único amigo, se cuela por mis
oídos aliviándome completamente. Pensé que olvidaría que hoy me marchaba. Su
cabeza siempre anda en las nubes y no hubiese sido en absoluto nada raro un
despiste de ese calibre por su parte. Aaron y
yo nos conocemos desde hace tres años solamente. Básicamente, el tiempo que he
estado aquí, en este aburrido pueblo. Él es muy diferente a mí, y probablemente
eso sea lo que nos una tanto. Su bonito pelo echado hacia un lado, cuando lo
mueve de aquella manera tan divertida con la cabeza evitando que se le meta en
los ojos, es casi tan oscuro como el mío. Es físicamente lo que muchas chicas
dirían "el chico perfecto". Aunque solamente yo sé que no sólo tiene
un buen físico, sino una personalidad un tanto extrovertida y extravagante.
–Te he dicho tropecientas veces que no
me llames así. Es un nombre odioso.
–Lo
siento, Beth. A mí me gusta. Suena a cargo importante de la realeza. Quién
sabe, quizá seas la hija perdida de… ¿tienes algún libro de Historia a mano? –una
risotada estúpida sale de mi garganta. Aaron y sus desinformadas comparaciones.
–¿Por
qué no sacas el tuyo del año pasado? Si está nuevo. –digo mientras coloco el
teléfono entre mi hombro y la oreja, y me agacho con dificultad en busca de mis
cascos negros debajo de la cama– Dudo que le hayas quitado el plástico–.
–Oh, cállate. Estás insinuando que no estudio,
y sí lo hago. –parece ofendido, aunque yo sé muy bien que solo finge.
–Claro, dile eso a quien no haya visto tu
uno en Historia. Que por cierto, creo que fue por compasión.
–Perdone
Señora-me-sé-todas-las-fases-de-la-Primera-Guerra-Mundial, puse bien el nombre
y el apellido. Eso tiene que contar algo. –niego con la cabeza, olvidando que
él no puede verme– El caso es, que “Elisabeth”,
mola.
–Prefiero
que me llames Bethy, Liz, Lizzy o gusano de seda.
–Te olvidaste
de “morena de bote”, mi
querida rubia teñida.
Exacto.
Me he teñido el pelo castaño más veces de las que me ha latido el corazón en el
último año. Llevo haciéndolo desde que tengo conocimiento, bueno puede que haya
exagerado con esto último. En realidad llevo haciéndolo desde los catorce años.
Siempre estuve en contra de los estereotipos que se especulan sobre las rubias.
Además de eso, supongo que morena estoy mejor. De hecho, desde que nos mudamos
aquí, todo el mundo piensa que soy así-sin contar a Aaron-. En mis anteriores
viviendas probar el negro azabache había sido uno de mis mayores errores, cada
vez que salía a la calle tenía la impresión de que la gente iba a salir
corriendo en cualquier momento por miedo a que les lanzase una maldición o algo
parecido. Parecía la hechicera mala de una película inspirada en Halloween.
–¿Puedes
levantar el estor? –pregunta con el mismo entusiasmo de siempre en su voz. Seguramente ya esté delante de su ventana impaciente porque levante el
mío.
–Venga,
por favor, quiero ver como irás tu primer día de universitaria –los pelos se me
ponen de punta cuando lo dice de esa manera. Ni siquiera me lo creo–.
Llevo años esperando éste momento, y
al fin, lo logré. ¡Voy a ir a la universidad! Emocionante, ¿verdad? Me imagino
paseando por el campus con mi libreta en la mano y un lapicero en la otra;
pintando a los estudiantes, los árboles, las vistas al río que cruza la
ciudad...Sencillamente increíble.
¡Aquí están los cascos!
–¿Hola? ¿Sigues ahí? –¡oh, me olvidaba de Aaron!
Los meto con el resto de cosas dentro de la
maleta y miro una última vez a mí alrededor, en busca de algún objeto
imprescindible que vaya a necesitar durante mi estancia en Harvard.
–Lo siento. Estaba
absorta pensando en lo maravilloso que será ir a la universidad.
–Lo sé. Ojala hubiese
podido ir contigo, pero gracias a mis fantásticas notas...ya sabes...no me
aceptaron. –me entristezco de nuevo recordando el día de las notas, nuestro
último día de instituto. Antes de que el verano comenzase. Recuerdo a Aaron,
con unos pantalones absolutamente negros hasta las rodillas, una camiseta
blanca sin mangas y su habitual pelo alborotado tan oscuro como la noche los
días que la luna menos alumbra. Una vez sentados de nuevo en clase, cada uno en
su sitio, aunque él y yo nos sentábamos al lado, él cogió mi mano a través de
la distancia, calmando mi nerviosismo. Dependía totalmente de aquellas
calificaciones para mi aceptación en Harvard y él sabía cuán intranquila me
había encontrado los días anteriores. Así que ambos esperamos a recibir un
boletín azul sobre nuestros pupitres y acordamos abrirlos al mismo tiempo.
Y así hicimos. Pero Aaron no se había alegrado tanto como yo al hacerlo,
tan sólo tres de las nueve asignaturas que teníamos las había aprobado. Pero
aún así, se alegró por mí y me sostuvo en sus brazos en un gran abrazo, aunque
yo sabía que estaba dolido porque aquello nos separaría.
Voy a echarles mucho de
menos a todos. ¿A quién le contaré mis batallitas diarias? Las llamadas desde
ahí son bastante más caras y no tengo pensado llamar todos los días. ¿Debería
llevarme una libreta dónde apuntar todo lo que ocurra para leérselo cuando hablemos?
Ni hablar. Lo mío no es la escritura. Supongo que tendré que comer mucho
pescado para hacer memoria y recordar todo lo interesante para cuando les
llame.
–El
año que viene quizás consigas entrar. –digo acercándome a la ventana y levantando
el estor que impide que nos veamos.
Aaron y su húmedo cabello
recién lavado aparecen delante de mí a una relativa distancia no tan lejana.
–¿No te sentirás un
poco sola? Quiero decir...No es que desconfíe de tu sentido de la carisma, pero
te conozco lo suficiente para saber que no es tu mejor habilidad.
–Lo sé, probablemente
sí. Pero eso es lo de menos.
–¿Por qué no te has
puesto los vaqueros que te compraste la semana pasada? Me costó media hora convencerte
de que te quedaban bien –típico de él. Cambiar de tema más rápido de lo que pestañea–.
–¿Esos tan ajustados
dices? No son mi tipo.
–Venga Beth, tienes
que estar radiante en tu entrada en la universidad. Será como en las películas.
Cuando pongas un pie en el suelo para salir del coche todos los chicos te
mirarán. Confía en mí. –comienza a divagar– Claro que eso solo ocurrirá si te pones los otros vaqueros
y una camiseta con un poco de escote. –le miro a través del cristal, fulminante.
–Sabes que yo no me
pondría eso ni aunque fuese el ritual para salvar al mundo del Apocalipsis.
–No perdía nada por
probar. Pero llévate algo de ropa de esa que compramos el otro día. Puede que
en un año acabe gustándote.
–¿Te callarás si lo
hago?
–Por supuesto.
Cojo el montón de la ropa
que compramos el sábado pasado cuando fuimos a ver una peli al centro
comercial, ya que no hay más de cinco prendas aún con la etiqueta puesta, y las
coloco en la esquina de la maleta que quedaba libre.
–¿Contento? –pregunto volviendo a
la ventana.
–Mucho –contesta con una
gran sonrisa–.
–¡Elizabeth! ¡Ya es la
hora! –grita mamá desde abajo de las escaleras.
¡Dios! Cada vez está más cerca.
–Tengo que dejarte.
–Nos vemos abajo –dice guiñándome un
ojo. Me hace sonreír verdaderamente por segunda vez en este maravilloso día.
Uno de los mejores hasta el momento, indudablemente–.
Moon irrumpe en mi cuarto
con un fuerte maullido y se acerca a mis pies para restregar su cuerpo por
ellos mientras ronronea, en busca de algo de amor.
Cojo a mi gata en brazos
y comienzo a acariciar su suave pelaje negro. Otro para mi lista de "Echar
de menos". No me he separado de esta gatita desde el día en el que la
rescaté de las calles, su primer día de vida.
La dejo en el suelo,
después de darle un suave beso sobre su pequeña y negra cabeza, cuando mi madre
vuelve a gritar acercándose cada vez más su agradable voz por el pasillo. La
puerta se entreabre y la mujer que ha sido mi única compañía femenina que no se
ha burlado de mí, asoma por ésta. Ella siempre ha sido una madre común. De ese
tipo de madres a las que le dices que estas aburrida–cosa que raramente me
pasa, pues me paso la vida entera plasmando sobre un papel cualquier cosa que
se cruce en mi camino–y
te hace fregar los platos o quitar el polvo de los viejos jarrones de la casa
mientras te hace fotos para rellenar los álbumes y enseñárselas a la familia en
Navidad. O de ese tipo de madres que lo encuentran todo cuando tú no lo haces y
siempre te acabas preguntando por qué tus cosas te odian tanto como para
esconderse de ti y hacerte quedar mal.
El caso es, que mi madre puede ser todo eso pero también es la
persona que me ha enseñado a tener ciertos valores que no se pueden ganar por
cuenta propia.
–Beth, cariño, ya va
siendo hora de marcharnos. Nos queda un viaje bastante pesado por delante –me anuncia con una
sonrisa afectiva dibujada en la cara–.
–Claro, mamá –le devuelvo la
sonrisa–.
–¿Necesitas ayuda con
eso? –pregunta refiriéndose a la maleta que hay a mi lado.
–No, gracias. No pesa
tanto.
–De acuerdo, venga. Tu
padre nos espera en el coche.
Bajo corriendo por las
escaleras cuando me he retrasado otros cinco minutos escondiendo las
caricaturas y las estupideces que he estado soñando el último año, cosas sin
sentido que he plasmado en papel porque parecían incluso interesantes, pero no
quiero que mamá las vea y piense que necesito un psicólogo, lo que sería lo más
lógico.
Dentro del coche me
esperan mis dos padres, y al lado se encuentran Aaron y su madre, para
despedirme.
–Bueno, espero que te
lo pases genial y aprendas mucho. –dice la señora Nichols empleando cierto
cariño en sus palabras.
Esta mujer ha sido como
la segunda madre para mí. Me ha cuidado junto con Amy, mi madre, como si fuese
su propia hija.
–Muchas gracias, Caroline,
lo haré. –la abrazo con fuerza y, al separarnos, Aaron espera sonriente su
turno.
–Liga mucho, eh –la señora Nichols y
yo reímos, mientras mi madre le echa una mirada de desaprobación a mi amigo–.
–Te voy a echar de
menos, idiota –susurro cuando le acojo en mis brazos–.
–Yo también. –dice ya serio–Llámame siempre que
puedas, Beth.
–Claro. –las lágrimas
amenazan con salir de mis ojos en cascadas, pero las mantengo a raya, no quiero
parecer débil.
–¡Adiós! –me despido con la
mano cuando me subo en el coche y éste arranca, alejándonos de Ashbury.
La suave brisa de fuera
choca contra el coche a la velocidad a la que mi padre conduce con
concentración. Tan tenso al volante como siempre y después de más de diez años
me sigo preguntando el por qué de esa cuestión.
Las cinco horas de viaje
que llevamos parece que ni siquiera hubieran pasado gracias a la increíble
siesta que me he echado apoyada sobre la ventanilla de atrás. Ya son las cuatro
de la tarde y todavía queda una hora más o menos de viaje.
–Ya te has despertado. –dice mamá. Asiento
con la cabeza al notar la boca tan seca que no puedo pronunciar palabra– Quería que
habláramos de algo antes de llegar.
–Dime. –digo con la voz algo
quebrada. ¿A qué se referirá?
–Verás, hija. Esto de
estar fuera de casa tanto tiempo conlleva una serie de responsabilidades, sé
que tu siempre has sido muy independiente, pero aún así, quería decirte que,
bueno, ya tienes dieciocho años y...
–Mamá–digo interrumpiéndola
porque creo que esto le está resultando tan incómodo como a mí– Sé a lo que te
refieres, y tranquila, no voy a volver embarazada ni nada por el estilo.
Por favor, ¿desde cuándo
estoy interesada en los chicos?
–De acuerdo, sólo quería
que tuvieses cuidado. –río interiormente por lo absurdo que resulta– Aún así, –retoma–hay algo más. Ten cuidado de con quién te relacionas,
¿entendido? Si algo va mal, llámanos. Sea lo que sea –frunzo el ceño en señal
de confusión. ¿Qué puede pasarme en una universidad además de ser atacada con
lápices en alguna clase, torcerme un tobillo caminando por el campus o tener
frío por la noche? Tan sólo está
exagerando, me digo–.
Asiento, intentando
zanjar el incómodo tema del todo de una vez por todas.
Al fin. Harvard. Tres
cursos. Libertad. Arte. Cuatro conceptos que rondan incesantemente por mis
neuronas, que mandan impulsos a todos los rincones de mi cuerpo, incluso a los
más recónditos. Siento mi corazón latir tan fuerte que por un momento creo que
Amy y Allan pueden oírle bombear la sangre.
Papá aparca el coche
delante de los altos muros que rodean el edificio, un edificio que parece el
castillo de algún rey de la Edad Media. Sin duda sorprendente. Estoy segura de
que si Aaron lo viese de ésta manera, diría que concuerda con mi nombre.
–Ya es la hora –suspira Amy,
desolada por la inevitable despedida que sigue a continuación–.
–Lo es. –añade su marido, con
el mismo estado de ánimo– ¿Estás lista, cielo? –pregunta mirándome por el retrovisor.
Siento nostalgia en sus
palabras. Lo entiendo. Yo también les echaré de menos pero, demonios, les voy a
visitar de vez en cuando. ¡No es el fin del mundo!
Estoy preparada.
Mierda, dilo en voz alta.
Estas más que preparada para ser lo que querías, aún más independiente de lo
que siempre has sido.
–Estoy preparada.
Siento una fuerte presión
en la nuca cuando coloco mi mano sobre la palanca que, con sólo tirar
ligeramente, abriría la puerta a mi hogar durante los próximos dos años, se
desliza suavemente por mi columna vertebral e invade todo mi cuerpo,
provocándome un escalofrío que me agita.
Vamos Beth, tú puedes. Me
autoanimo.
Yo puedo, claro que
puedo. Ahí fuera esta todo lo que yo he deseado. Y al fin lo tengo.
Éste último pensamiento
me empuja a abrir la puerta y pongo un pie por primera vez en las tierras de
Harvard. Allan y Amy se encuentran a ambos lados de mí, pero yo no aparto la
mirada del gran escudo que acapara todo mi campo de visión cuando miro hacia arriba.
Wow...
Otro escalofrío me recorre.
Bajo un poco la mirada y
me encuentro con miles de miradas extrañas. Quizá no miles. Cientos. Sí.
Cientos. Una señal me llama la atención.
“No estacionar vehículos aquí” en rojo. La señal tiene un fondo
blanco que hace que las letras resalten aún más. ¡Mierda, papá!
Le miro y él se disculpa
encogiéndose de hombros.
–No lo he visto –susurra–.
Me abraza
rápidamente, saca mi maleta y se sube al coche junto a mi madre, que no se va
antes de dejarme en ridículo besando mi frente y asegurándose de que me pondré
el abrigo cuando haga frío.
Ambos desaparecen
despidiéndose con la mano por la ventanilla, y dejándome con el marrón de la
masa que no aparta la mirada de mí. ¿Tan rara soy? Me echo un vistazo rápido
por encima y me parece que voy como cualquier otro día. Me gusta mi ropa. Una
sudadera caqui y un pantalón negro que reservo para ocasiones especiales. Nada
que pueda llamar la atención. Aunque, he de reconocer, que yo nunca he sido de
llevar ropa ajustada que pueda marcar mi estética.
De nuevo, dirijo la
mirada hacia la multitud y ya nadie me observa, así que decido coger mi maleta
y avanzar hasta el portón de entrada. Y aquí comienza esta vida, supongo. Vida
de universitaria.
Sí, definitivamente suena
genial.
1 comentario:
JODERRR cuando podre yo decir eso ¡¡
VIDA DE UNIVERSITARIAAAAAAA¡¡¡¡¡¡no e leído mas que el prologo y este capitulo y ya me tiene enganchada jaja
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