Después de cerrar la puerta con un golpe, la sentó en una de las
muchas sillas de la habitación, que crujió cuando dejó caer todo su peso sobre
ella.
Él apretaba sus hombros
con tanto ahínco que estaba casi segura de que al día siguiente tendría algún
moretón en aquella zona, pero aquel no era su mayor problema en ese
momento.
–Cierra los ojos –susurró en su oído
haciéndole sentir un escalofrío que recorrió completamente su columna
vertebral, lo más parecido a una descarga eléctrica que había experimentado en
su vida, como siempre ocurría cada vez que sentía su tacto sobre su piel, o
incluso cuando él se encontraba cerca de ella sucedía–.
–Ya lo he hecho –aseguró ella con el
mismo tono de voz que él había usado–.
–Bien. ¿Qué ves,
ahora?
¿Qué podía ver con los
ojos cerrados y las manos de él cubriéndoselos para asegurarse de que ni un
rayo de luz, por el más mínimo que fuera, se colaba entre sus pestañas? Le
parecía la pregunta más estúpida que le habían formulado jamás. Claro que,
viniendo de alguien como él, nada se podía intuir, ni siquiera lo más evidente.
–Hmm...¿Nada? –contestó con total
inseguridad de qué era lo que él quería oír.
–¿Estás segura? –su voz era serena,
más de lo que debería estarlo en la situación en la que se hallaban, lo
que la desconcertaba todavía más. Pero el siempre le hacía sentir tranquila,
como si estuviese en la orilla del mar, observando las olas colisionar contra
sus pies y fundirse con la arena, borrando así las posibles huellas de ésta.
Esa era la sensación que él le transmitía cada vez que estaba cerca de ella.
Era el único que conseguía alejar los problemas de su mente por un mínimo
segundo, aunque fuera.
–Sí...creo que... –de repente, al fondo
de esa inmensa oscuridad de las cuencas de sus ojos que visionaba, había una
figura reluciente que parecía tocar un instrumento enorme. Sí, era un piano.
Una uniforme partitura se creó en su cabeza, imaginando cuál debía de ser la
melodía que sonaba. La cual resultaba tranquilizadora, casi sacada de una
ensoñación, y no tardó mucho en darse cuenta de por qué acababa de soñar
despierta– ¿Lo estás volviendo a hacer?
Él rió levemente,
entusiasmado de estar consiguiendo su objetivo aún con los nervios disparados,
cosa que en sus muchos años de prácticas le había resultado totalmente
inalcanzable.
–No hables, relájate,
¿de acuerdo? –le
suplicó aflojando el agarre sobre sus hombros.
–De acuerdo, pero… –trató de protestar.
–Calla, te lo ruego.
No hay tiempo.
–¿Tiempo para qué?
–Para evitar que
mueras.
Un estruendo que sonó a
madera rompiéndose irrumpió en la sala. Ya estaban aquí.
1 comentario:
JAJAJAJ jolinnn que prologo tan raro y misterioso jajaa
voy a seguir leyendo .... jajaj
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