Los pasillos de repente
se habían estrechado. Esquivando a la multitud, Beth zigzagueó con la mochila colgando
de un hombro, cargada con un estuche lleno de lápices de colores y de punta
fina de carbón, sin olvidar los demás materiales plásticos como las temperas
por ejemplo. También llevaba su bloc y un cuaderno de hojas blancas para la
primera clase del día; Práctica de Taller, con la Señora Simons, tal como había
mencionado el profesor Donovan en la charla el día anterior. Lo peor de
aquello, era que iba a llegar tarde su primer día de clases.
Genial. Los lunes siempre se
quedaba dormida. Raramente Aaron no se veía obligado a colarse en su casa y
hacer todo tipo de maniobras para despertarla, después se sentaba en su cama y
la acompañaba con una marcha militar mientras la animaba a coger velocidad
arreglándose para salir pitando por la puerta. Al final, siempre llegaban con
al menos cinco minutos de retraso, pero ya era costumbre para los profesores.
Un grupo de estudiantes que hablaban en un
idioma distinto al suyo, que por la forma en la que muchas veces se trababan
con su propia lengua, pudo decir que no se trataba de su primer idioma. Más
bien parecía alemán, o ruso quizá. No estaba muy segura.
El caso, era que habían formado un tapón en
el pasillo, lo que le complicó bastante la torpe serpenteada que se vio
obligada a hacer por entre sus piernas. Cuando salió del barullo, después de
comprobar que incluso sus zapatos estaban más a la moda que los horribles
mocasines de punta que llevaba una de las chicas integrantes de los estudiantes
que estorbaban, corrió hacia el siguiente pasillo, donde se suponía que debían
estar las primeras aulas. Estupendo,
pensó. No sabía que clase era.
Cuando Beth había salido por la puerta, su
compañera todavía seguía durmiendo. Había intentado tomar el papel de Aaron,
pero lo único que había conseguido es que se acobijara aún más en su manta y
que le mascullara medio dormida un:
–Luego
me pasas los apuntes –se encogió de hombros y se fue–.
El
problema era que por muy rápido que intentase llegar, seguía sin la más mínima
idea de a dónde dirigirse. Comenzó a avanzar por ese primer pasillo, con la
esperanza de ver algún cartel sobre una de las puertas en la que pusiese el
nombre de la clase, o algo que le indicase donde podía ser. Ya ni siquiera
había apenas gente fuera de las aulas y el reloj del fondo del pasillo marcaba
las nueve menos veinte, diez minutos más tarde de que sonase el timbre que
advertía sobre el comienzo del día lectivo.
Segundo
pasillo. Nada. Ni una sola pista. Se estaba comenzando a plantear si abrir
todas las puertas y pedir millones de disculpas por la equivocación, pero sabía
que eso le demoraría demasiado tiempo.
–¿Extraviada? –una no muy familiar voz irrumpió en su mente, o quizá en
el pasillo, pero le había sorprendido tanto que se llevó la mano al corazón
mientras se giraba sobre sí misma y la cara se le desencajaba.
Su pelo
rubio–muy habitual por aquí, por cierto–se veía cubierto por un clásico
sombrero como el de Michael Jackson. Ella había visto mil veces uno como esos
en casa de su mejor amigo, quien era fan del cantante. Pero ahora no era capaz
de pensar en Aaron y en sus deslizamientos por el parqué de su casa intentando
imitar el típico paso de Michael, sino que su vista se fijaba sobre el Chico
Misterioso. Su Chico Misterioso. El que Ingrid había llamado por su nombre:
Justin.
Iba
enteramente de negro; tanto sus oscuros vaqueros como su camisa eran negros,
negros como la noche. Su pelo brillaba, lo poco que de él se veía bajo el
sombrero, a la luz de los fluorescentes colocados sobre sus cabezas.
–No
–dijo tratando de disimular su embobamiento– Buscaba la clase de Práctica de
Taller. –en seguida se maldijo por no haber dicho otra cosa. Había negado lo
que él había dicho para después volver a afirmarlo.
Muy inteligente, Beth, muy inteligente.
–Y no la
encuentras. –dijo él. Era más una afirmación que una pregunta– En lo que a mi
vocabulario respecta, eso es estar extraviada.
Beth no
soportaba a las personas que se consideraban superiores y, para su decepción,
Justin se estaba comportando como tal. Como había hecho en la cafetería al
llamarla “niña”. De repente, algo se había activado en ella. Sí. Él la intimidaba. Pero
no iba a tolerar eso.
–Nadie
ha pedido tu ayuda –soltó, totalmente segura de que eso acabaría con la
seguridad del chico sobre ella, o al menos le dejaría boquiabierto. Aunque, pensándolo
bien, nunca se habría podido imaginar algo diferente en su expresión facial que
no fuese seriedad–.
–Nadie
te la ha ofrecido –dijo él, divirtiéndose con la sorpresa en su cara.
Si antes
se había sentido intimidada, ahora era más que eso. También sentía cierta
antipatía en él. Incluso Jake se había comportado más cortésmente con ella, sin
olvidar el incidente de la cena, que él hasta el momento.
–¿Te
importaría decirme dónde está la clase que estoy buscando? –decidió que perder
los estribos no la llevaría a ningún sitio. Si antes había querido acercarse y
hablar con él por pura curiosidad, ahora quería correr lejos y ocultarse para
evitar que siguiese contrarrestando sus palabras– Ya es tarde y...
–¿Y no
quieres retrasarte más? –¿qué demonios? Eso era justamente lo que iba a decir
antes de que la interrumpiera y él mismo acabara la frase. Claro que no era muy
difícil de intuir. No creía que tuviese cara de saltarse las clases.
–¿Qué
haces aquí? –preguntó ella sin venir a cuento, de pronto curiosa.
–Estar,
respirar, hablar contigo... Ya sabes –contestó, haciéndola rodar sus ojos y
ponerlos en blanco ante su incoherente respuesta para seguir riéndose de ella,
mientras él seguía apoyado en una de las vigas que sostenían el techo sobre sus
cabezas, de brazos cruzados–.
–¿Se
puede tener una conversación normal contigo? –preguntó ella, cansada de su
estúpido juego.
–Vaya,
chica, tres preguntas seguidas. Realmente te tomas en serio tu trabajo de detective.
Dime. ¿Poli bueno o poli malo?
–Eres
irritante –lo había dicho. Al fin y al cabo, era lo que pensaba. No podía creer
que se hubiese preocupado tanto por conocer a alguien así–.
–La
veintiséis, esperar y normalmente, no. –frunció el ceño, confusa, antes de
comprender que había contestado a sus anteriores preguntas.
Al fin,
tenía rumbo. No había ninguna razón por la que seguir aguantando al molesto
chico que ella había creído admirar en secreto.
–Cretino.
–dijo a modo de despedida antes de colocarse mejor la mochila sobre el hombro
derecho y darse la vuelta para salir del pasillo.
–El
placer es mío, Chica Sopa. –le oyó decir cuando giró la primera esquina.
El placer es mío, Chica Sopa. Repitió
ella, haciendo una burla aún sabiendo que no podía verla, ni escucharla. ¿Cómo
las apariencias podrían engañarla tanto? Parecía el chico más lindo que jamás
hubiese visto, por dentro y por fuera, pero ahora sabía que en el peor de los
casos la opción del exterior era la única válida. Los cinco minutos de
conversación que habían mantenido habían sido un desperdicio, pensaba mientras
caminaba hacia el siguiente pasillo. Era un creído, claramente. ¿Quién diablos
se creía? Le daban ganas de sacar su estuche y volver para tirárselo a la
cabeza, estropear su perfecta imagen de alguna manera.
Al
entrar en el pasillo que seguía al anterior, descubrió, muy a su pesar, que las
aulas estaban numeradas por encima del número treinta, y Justin había dicho que
era la veintiséis. Así que... ¿El aula que había estado buscando durante veinte
minutos había estado delante de sus narices mientras luchaba contra sus ganas
de golpear a su ex Chico Misterioso? Y él no había dicho nada. Por supuesto. Se
había quedado ahí parado mientras se reía en silencio de ella para cuando
volviese, porque él sabía que lo haría cuando se diese cuenta del error.
En ese momento se preguntó mientras se maldecía
por qué diablos no había cogido uno de esos mapas del centro. Todo habría sido
más fácil.
Retrocedió. Con suerte él se habría ido. Pero
cuando estuvo frente al pasillo de antes, él seguía ahí, con sus cincelados
trazos faciales.
–Hola de
nuevo. –dijo con una sonrisa torcida. Pero no era una sonrisa cualquiera, sino
una sonrisa satisfactoria, victoriosa incluso, que sacó a Beth totalmente de
quicio.
Abrió la
puerta de la veintiséis con fuerza, casi sin pensar, lo que provocó que de
repente se viera en una clase con más de treinta alumnos mirando. Haciendo el
cálculo, eso serían al menos sesenta ojos clavados en ella.
–Siento
el retraso –murmuró. El hecho de que en la clase no hubieran pupitres la
alertó. ¿Hasta dónde iba a caminar ahora y terminar con ese calvario que le
provocaba tanta atención? Se refugió entre la multitud de sus compañeros de
clase, y mientras lo hacía podía reconocer un par de caras que había visto
antes. Como la del chico, Eric, que había discutido con Donovan en la charla de
presentación; Jake también se encontraba entre los presentes, quien al verla le
dedicó una sonrisa inocente; incluso las cuatro chicas que habían hecho sentir
su entrada el día anterior en la recepción. El grupo de Las Pijas. Las Niñas de
Papá. La Chupi-pandi.
–Yo
también lo siento. –dijo firme la Sra. Simons atrayendo su atención, quien se
hallaba apoyada sobre la mesa del profesor– ¿Sabes dónde se han metido tus
compañeros? –Beth se limitó a negar con la cabeza. Mentir era lo último que
tenía pensado hacer, pero tampoco iba a ser ella quien los delatase.
Fue
precisamente ese momento en el que se fijó en como lucía su profesora de Arte. Era
una mujer realmente estrafalaria. Llevaba unas mallas ajustadas con estampados
de flores. Por encima y tapando hasta la rodilla, se había puesto un vestido
rojo a juego con su pelo, el cual tenía recogido en un alto moño sobre que
parecían haber volcado un cubo de zumo de tomate. Unas gafas cuadradas, a
diferencia de las del profesor Stephen, de montura gruesa y morada descansaban
sobre su tabique nasal. Verdaderamente, parecía haberse levantado por la mañana
y seleccionado prendas al azar, y ése era el resultado final.
–Está
bien. Hablaremos al final de la clase. –y con eso dio por finalizada la
conversación. Se preguntó si Justin se iba a quedar ahí los restantes cuarenta
minutos o si haría algo más productivo con su vida, como entrar en clase. Pero
no le importaba. Era mejor así. Él y su sarcasmo tan lejos de ella como fuese
posible.
Fue
entonces cuando se fijó mejor en el aula. Era grande. Muy grande. La parte
frontal estaba adornada con un pizarrón, varios jarrones con flores de todo tipo,
la mesa del profesor, un caballete y un estante en el que se veía colocado
desde su sitio el material necesario para llevar a cabo las clases prácticas.
Las demás paredes se componían por ventanas y en
el resto de la clase había mesas de trabajo en grupo y caballetes agrupados al
final del aula. Todo lo que de una clase
de arte se puede necesitar.
–Muy
bien, alumnos. –dijo Simons. Su frente ya no se fruncía y el tono de voz se
había vuelto alegre, casi mostrando más emociones de lo que la postura con la
que la había recibido mostraba– Sin más rodeos, iremos al grano con el primer
trabajo del curso. Antes de explicar en lo que consiste haré las parejas–los
alumnos se quejaron cuando el verbo de la frase había sido utilizado en primera
persona: “haré”. Lo que significaba que no era un trabajo libre.
Odiaba
que las notas de sus trabajos dependieran de una lista. Si alguien que no
estaba dispuesto a mover un dedo le tocaba como compañero, todo había sido
culpa de la primera letra de su apellido y de que esa persona tenía la misma,
la siguiente o la anterior. ¿Qué culpa se suponía que tenía ella?
–¿Por
qué no podemos elegir nosotros a nuestra pareja? –preguntó alguien a quien no
pudo identificar, claramente decepcionado.
–Porque
debéis conoceros, estaréis juntos durante todo el año y trabajando en equipo es
la mejor manera de hacerlo. –respondió la Sra. Simons– Ya me lo agradeceréis.
Dudo que lo hagan.
La
profesora de Arte cogió de la mesa el listado que contenía los nombres y
apellidos de los alumnos que formaban la clase y se bajó ligeramente las gafas
para leerlo.
–William
Alexander –un chico alto, moreno, cuya piel parecía haber sido quemada por el
sol el suficientemente tiempo como para dejarla ligeramente bronceada, dio un
paso al frente– tu pareja será Stephanie Adams. –la chica que se posicionó a su
lado no parecía tener ningún inconveniente con lo que le había tocado. Simons
continuó– Justin Drew Bieber –obviamente él no estaba, pero como si de una
invocación a su nombre se tratase apareció por la puerta, seguido de aquella
chica, Ingrid. Beth intentó ocultarse un poco más tras sus compañeros. Sabía
que los asuntos no habían quedado zanjados para Ingrid– Hablando del rey de
Roma, ¿nos honrarían uniéndose a mi clase? –preguntó. Estaba claro que la
pregunta era retórica.
–Por
supuesto, Helen. –pero como no. Él debía contestarla para poder dormir bien por
la noche–Siempre atento a tus explicaciones. –y sin más, cerró la puerta y se
colocó al lado de ella, cruzando sus brazos sobre su pecho. A Beth le
impresionaba su indiferencia. ¿Cómo se podía ser tan incompetente? Se
preguntaba– Supongo que estabas informando sobre las parejas del siguiente
trabajo. Escucho tu veredicto sobre mí.
Estúpido.
Rezaba y
cruzaba sus dedos porque no les tocase juntos, lo cual tenía una posibilidad
del noventa por ciento, ya que su apellido comenzaba con C y el de Justin con
B. Aunque todavía podía aspirar al otro diez por ciento. Pero, ¿no era eso lo
que había estado queriendo desde que le había visto por primera vez? Diablos.
Como cambiaban las cosas.
–Me
alegra que estés tan predispuesto, pero eso no anula tu gran retraso,
jovencito. –vamos, vamos, dilo ya–
De todos modos, tu
pareja será Jake Black.
Su corazón dio cinco vueltas de alegría y
ella estuvo a punto de alzar su puño en señal de victoria, pero se contuvo. Lo
único que no quería era parecer una pirada, una ida mental. Miró a Jake de
reojo, quien parecía totalmente insatisfecho con la decisión de la profesora
cuando movió la cabeza alejando la vista de todos. Justin no había cambiado su
expresión de ninguna manera ante la noticia. Parecía como si no le hubiese
afectado en absoluto.
De repente, su euforia paró en seco. ¿Con
quién le tocaría ahora a ella? Si no era con Jake, y tampoco con Justin...
–Oh
–dijo con sorpresa– Un nombre nuevo en mi clase. Elizabeth...Anne...Cooley
–pronunciaba su nombre completo dejando un extendido espacio entre palabra y
palabra, como si estuviese estudiándolo, examinando cada sílaba–.
–Esa soy
yo. –dijo Beth tímidamente, adelantando un paso delante del menudo chico tras
el que se había ocultado hasta ese momento– Prefiero que me llamen Beth.
–¿Alguna
razón en particular? –preguntó curiosamente. Todo el mundo atento a ella y a su
inminente respuesta.
Era
evidente que no iba a sacar el punto de niña pequeña de Lo odio. Es horrible delante de toda esa gente a la que después
vería todos los días.
–No
realmente.
–En ese
caso no habrá ningún problema en que te llame por tu nombre completo las veces
que vea conveniente, ¿verdad? –¿cuándo se suponía que lo vería conveniente? Su
respuesta dependía bastante, pero tan sólo negó con la cabeza– Bien. Tu pareja
será Ingrid Christensen.
Mierda.
Su suerte comenzaba a cambiar.
Tras
agrupar a todas las parejas, Simons explicó en qué consistía su primer trabajo
en parejas del año. Se trataba de plasmar sobre el lienzo lo que veían en su
respectiva pareja. Había dejado bastante claro que no debía de ser algo físico,
sino algo más abstracto, como las “vibraciones” que esa persona les
transmitían. Supuestamente, y citando textualmente; Sirve para conocernos unos a los otros. Si eres capaz de dibujar el
interior de alguien, eres capaz de abrir puertas en él. ¿Qué era lo que eso
quería decir? Beth no tenía ni la más mínima idea. Pero su principal problema
se acababa de presentar, el cual no era precisamente la nota final que
obtendría en el trabajo, sino si lo acabaría con vida.
Mientras
sus compañeros comenzaban a elaborar sus pinturas, a hablar entre ellos y a
sentarse frente al caballete que su pareja había elegido para que éste pudiese
observarlo mientras hacía ridículas líneas sin sentido sobre el lienzo, Beth se
había sentado frente a uno de los caballetes también mientras esperaba su
inminente muerte. Se preguntaba con qué tenía planeado acabar con su vida, pero
todo apuntaba a que de un momento a otro Ingrid estaría sosteniendo sobre su
garganta una navaja, haciéndola sufrir con un lento corte de la yugular por
haber profanado su sopa con la mano.
–¿Qué
tal, linda? –la voz de Jake llamó su atención, haciéndola girarse para mirarle
y ver una sonrisa en su cara. Esa no era precisamente la idea de una visita
demasiado agradable antes de dejar este mundo pero por lo menos no era Ingrid
la Sanguinaria.
–Hey. –dijo
débilmente.
–Esto
apesta. El reparto de parejas es un asco.
–Yo
estoy contenta con la mía. –ironizó, pero temió que Jake no cogiera el sarcasmo
de la frase– Aunque me hubiera gustado que me tocase alguien que no vaya a
intentar matarme pero, ya sabes– continuó para asegurarse de que lo hacía. Él
rió levemente con nerviosismo.
–Siento
lo de ayer. Puede que me... –trataba de encontrar la palabra adecuada–
precipitara. –¿Sólo puede?
–No hay
problema. De todos modos...
–¿Sabéis? –Simons la interrumpió irrumpiendo en la conversación, con los brazos en jarras.
Por detrás, Ingrid se acercaba tras dejar lo que parecía una muy interesante
conversación con Justin, pero al oír lo que Helen decía paró en seco, elevando
una de sus negras cejas– Creo que tengo algo mejor.
–¿A qué
se refiere? –preguntó Beth, ignorando la mirada de la chica que ahora se cernía
sobre ella.
–Me refiero,
a que pienso que algo no está bien en estas dos parejas.
–Ya somos dos –afirmó Jake de acuerdo con ella, mientras le
echaba un vistazo a Justin, quien intimidantemente les observaba apoyado sobre
la pared. Pero Simons no pareció oírle–.
–Necesito parejas de chicos y chicas, y vosotros cuatro
sois los únicos emparejados con alguien de vuestro mismo sexo–me miraba–, mi
intuición me dice que la señorita Christensen y tú sois grandes amigas, –que gran intuición– y vosotros dos ya os
conocéis –dijo volviéndose hacia Jake y hacia Justin– haremos una reasignación
de compañero.
Los ojos
de Jake parecían haber recobrado esperanzas. No es que Beth no quisiese tenerle
como pareja–lo cual era exactamente lo que no quería–pero maldecía a Brittany condenándola
a visitar el Infierno por no haberse despertado a tiempo esa mañana. Quizá. Tal
vez. Habría conseguido que las emparejara a ellas dos.
–Eso
esperaba, Beth y yo... –pero la señora Simons no parecía tener los mismos
planes cuando volvió a interrumpir la frase de Jake y le dedicaba una mirada
que decía No me estás entendiendo.
–Había
pensado más bien en la señorita Christensen y tú. –espera. Alto el carro. Frena. ¡Sooo, caballo! ¿Qué quiere decir eso? Que...
¡Ni hablar!
La
mirada de Beth se dirigió hacia la lasciva y divertida sonrisa de Justin como
un acto reflejo. A pesar de estar lo suficientemente lejos de ellos como para
mantenerse fuera de la conversación, también se encontraba lo suficientemente
cerca como para escucharla y mantenerse al tanto de los cambios de última hora
de Simons.
Buena jugada, Beth, te ha marcado un punto más grande que tu cabeza sin
ni siquiera mover un dedo.
–Yo estoy de acuerdo con Jake –intervino ella rápidamente– Creo que
trabajamos mejor juntos. –El kit de la cuestión
es...¿Qué tal si dejamos que Ingrid me mate?
–No vais
a hacerme cambiar de idea. Está decidido. Beth, irás con Bieber. Y Jake, tú con
Christensen. –y ésa había sido su sentencia final antes de volverse e ir hasta
su mesa, donde se sentó a ojear una revista sobre decoración de interiores.
–Genial.
–suspiró Jake girándose hacia la profesora– ¿Y qué se supone que voy a hacer
yo? Esa tía es de todo menos simpática. Seguramente pinte todo el lienzo de
negro para representarla –Simons no prestaba ni la más mínima atención a su
queja– Vieja bruja. –masculló volviendo hasta Justin y diciéndole algo que los
oídos de Beth no captaron.
Olvidando a Ingrid y considerando que ya se había dado media vuelta , Beth
se volvió hacia su lienzo todavía virgen, tratando desesperadamente de no mirar
al chico al que ella había considerado antes una especie de monumento andante
que en cualquier momento se acercaría a ella. ¿Cómo había sido tan tonta? Se
preguntaba. En realidad la respuesta a su pregunta estaba bastante clara: No
había tenido la decepcionante ocasión de comprobarlo de cerca. Y no se refería
precisamente a su apariencia. La breve conversación que habían mantenido era
tan sólo, además de una pérdida de tiempo, absurda. No había por donde cogerla.
Después de darle un par de vueltas había comprendido que en realidad él era
como una nuez vacía; a simple vista, atractiva para cualquier ardilla, pero a
la hora de abrirla estaba hueca por dentro. O por lo menos esa era la
descripción que su madre solía darle a ese tipo de personas.
–Vaya
capacidad de persuasión para que nos emparejaran–la que se había vuelto una
irritante voz para sus oídos apareció por detrás como un soplo de viento frío
que la congeló–.
–Si
piensas que yo dije algo para que cambiara las parejas, estás equivocado.
–¿Sabes?
Te has salvado de una buena. Ingrid todavía sigue furiosa por lo de ayer –gracias por la información, no tenía ni
idea, Einstein–.
–Ya me disculpé. Si
quiere patearme el trasero tendrá que coger número y esperar a que me importe –¿De
dónde demonios había salido eso? Tan sólo conseguiría empeorar las cosas. Sabía
perfectamente que Justin la informaría de todo aquello y las tentativas de
asesinato contra ella se intensificarían–.
–No
parecías tener tanto carácter con tu mano dentro de ese plato. –No parecías tener tanto carácter con tu mano
dentro de ese plato-pensó en el mismo tono de burla de antes-Idiota– Por cierto, ¿muchos daños?
–¿Podríamos hacer esto? –señaló el lienzo colocado sobre el caballete
ignorando su pregunta. No quería seguir hablando con él de algo que no fuese
sobre el trabajo propuesto mientras se burlara de ella.
Él tomó
su mano derecha, la que había sido sumergida en la ardiente sopa de Ingrid,
arrebatándosela en un descuido y la inspeccionó. Su tacto se sentía cálido y
agradable, y cuando una especie de electricidad estática se apoderó de su mano
allá donde se rozaban, Beth la zafó de un tirón. Ahí sentada se veía tan
pequeña comparada con él que sintió la necesidad de levantarse, y así lo hizo,
pero aún así Justin le sacaba al menos una cabeza y media. En seguida maldijo
sus genes de baja estatura.
–Estoy
bien. ¿Por qué todo el mundo exagera tanto sobre eso? Sólo era sopa.
–La sopa
de Ingrid –corrigió–.
–La sopa
de Ingrid. –repitió ella rodando los ojos–Y ahora, ¿podemos empezar?
–Claro
–dijo, para su sorpresa. ¿Así? ¿Tan fácil? ¿Dónde estaba la trampa?
Se sentó
en una silla delante de ella y comenzó a mirarla fijamente. De una manera
desconcertante. ¿Cómo iba a concentrarse si él clavaba su vista en ella de esa
manera?
–¿Quieres dejar de hacer eso? –se quejó. Ahí estaba la trampa.
–¿Qué
estoy haciendo? –preguntó, divertido. Así que a él le hacía gracia su
incomodidad, ¿no?
–Eso.
Mirarme así.
–¿Y cómo
quieres que te mire, Chica Sopa?
–Deja de
llamarme así. Y puedes mirar a otro lado. –estaba empezando a sacarla de sus
casillas. De nuevo.
–¿Dónde
se supone que debo mirar, Elizabeth?
Estás jugando sucio, Bieber.
–Creo
que no te daré el privilegio de decidir cómo llamarme –dijo, cogiendo una de
las paletas pringada de los colores básicos que había sido dejada sobre la base
de la parte baja del caballete–.
–No
esperaba que lo hicieras –replicó él, sin mover ni un solo centímetro ningún
músculo de la cara, conservando la sonrisa divertida.
Una
parte de ella quería reconocer que incluso ahí sentado, burlándose de ella,
sobre la silla del revés con esa sonrisa en la cara se veía atractivo. Pero la
otra parte, la sensata, le decía que era un completo idiota. Alguien a quien
esquivar. Jake había estado en lo cierto cuando le había advertido sobre él y
sus compañías.
Sin
pensarlo demasiado, manchó uno de los pinceles del bote que yacía junto a la
paleta con pintura negra de ésta, e hizo un garabato en medio del lienzo,
acabando con su blancura en una fracción de segundo.
–Me
muero por ver qué es lo que estás pintando ahí.
Ojalá te mueras de verdad.
Continuó
dibujando líneas, círculos y todo tipo de formas a diestro y siniestro, con
diferentes colores-aunque todos fríos. Exceptuando el rojo que había utilizado
para describir la calidez de sus manos-hasta que se hubo quedado sin colores y
sin espacio. Trató de ignorar su todavía atravesante mirada, hasta que con un
carraspeo le indicó que había terminado.
–Déjame
ver. –se levantó de la silla, posicionándose después a su espalda.
Beth
podía sentir su lenta respiración azotarle en la nuca, por lo que podía
calcular la distancia a la que se encontraba de ella. ¿Qué iba a hacer?
¿Apuñalarla bajo las órdenes de Ingrid? No le era de extrañar. Posiblemente
hubiese cometido ya tantos crímenes que uno más la mandaría directa al calabozo.
A esas alturas necesitaba secuaces para hacer el trabajo sucio.
–Hay
algo que no entiendo –susurró, demasiado cerca de su oído–.
–No hace
falta que lo entiendas –contestó ella ante su pregunta no formulada fríamente–.
–¿Por
qué rojo? –preguntó ignorándola completamente. Ésta vez le oyó más lejos, lo
que le permitió darse la vuelta para encontrarse con él y su ceja elevada–
Entre tanto negro, gris y azul eso me confunde. Es como si hubieses colocado un
rayo de sol en mitad de la noche.
Claramente no podía contestar esa pregunta de la manera en la que lo
pensaba sin hacer que su ego aumentara. ¿Cómo podría decirle que a pesar de que
fuera extremadamente estresante y odioso él era ardiente? Extrañamente, cuando
se encontraban frente a frente no se sentía tan intimidada, pero cuando se
trataba de la distancia, o incluso el pensamiento, le hacía sentir escalofríos.
–Simplemente
creí que dentro de todo eso que tienes de cretino hay algo de ser humano. –él prácticamente
soltó una carcajada ante la excusa rápidamente elaborada que le había dado– Tú
turno. –dijo empujando la paleta y el pincel contra su pecho. Cuando él las
recogió y sus manos volvieron a rozarse brevemente, esa electricidad reapareció
para volver a calmarse cuando ella ya se había sentado en la silla en la que
Justin había estado sentado durante al menos diez minutos, mientras él
reemplazaba el lienzo que Beth acababa de utilizar para describir lo poco,
aunque suficiente, que sabía de él, por uno nuevo.
Se preguntó si él también podía sentir esa
electricidad o si ella era la única.
Justin
no tardó demasiado en acabar con su parte. Tan pronto como estuvo frente a la
pintura, su frente formó una horrible arruga al fruncirse.
–¿Un
punto?
Eso era
todo lo que había manchado el blanco lienzo. Un punto negro en medio de éste.
–Un
punto. –confirmó él, ante la incrédula pregunta de Beth.
–¿Un
maldito e insignificante punto? –repitió. Casi dolida.
–Créeme.
Me gustaría tanto como a ti ver más que eso. Pero no eres un libro abierto, Elizabeth.
He de admitir que me sorprende que detrás de esa histeria que yo te provoco no
consiga ver nada. –admitió, rodeándola cuál predador acorrala a su presa.
–Puedo
decir lo mismo de ti. –se dignó a decir finalmente, cuando se hubo parado
frente a ella, a un metro de distancia.
–Te abriré.
Tarde o temprano lo haré, Cooley. –eso fue lo último que dijo antes de
desaparecer por la puerta en cuanto la campana dio la clase por finalizada.
¿Qué
había querido decir con eso? Abrir un libro implicaba leerlo. Y aplicando eso a
la vida real, ¿significaba que quería conocerla? Beth no estaba segura de
querer conocerle ella a él. ¿O sí? Era evidente que el apodo que ella le había
dado en un principio, antes de saber cómo se llamaba, le hacía justicia. Era un
tipo bastante misterioso y reservado. Además de su habilidad de sacarla de
quicio, ¿qué sabía ella de él? Que se movía con esa gente tan rara que Jake
había descrito como ni-de-broma-te-fíes. Y ahí acababa la lista de sus
conocimientos.
Apartó
los lienzos a un lado, unidos, y colocó su mochila sobre el hombro,
encaminándose a la siguiente clase.
–Elizabeth –Simons la llamaba desde su mesa, sobre la que todavía se
encontraba sentada– ¿Podemos hablar un momento? Solo te tomará un segundo.
–Claro.
–Quería
que habláramos sobre tu retraso. Como comprenderás, no me gusta tener que
interrumpir mis clases. ¿Sería una molestia si pudieses llegar un poco antes? –¿por
qué se lo decía a ella? Ni que fuese la única que se había retrasado. Además,
su retraso estaba justificado. No encontraba la clase y cuando se dignó a
preguntar la habían retenido con un montón de frases sin sentido.
–Lo
siento, Mrs. Simons. –aún así se disculpó.
–Oh, no,
querida. Llámame Helen. Me hace sentir más joven. –rió– Estoy segura de que a
partir de ahora serás puntual. –Beth asintió– Por cierto, ¿podrías decirle a la
señorita Daniels que dormir es menos importante que desarrollar su creatividad?
Ya hablaré con Justin y con Ingrid.
¿Cómo...?
–¿Brittany? Se lo diré. Pero, ¿cómo sabe que se quedó durmiendo?
–Cariño,
he tenido a Brittany como alumna durante los suficientes años como para saber
que una cita con la almohada le haría cancelar cualquier otro asunto.
2 comentarios:
Me encanta tu novelaaaa.. Uiii el shastem.. Dejo pensativa a lizzy heehehe pobreticaa. Sube pronto porfa.. Ojala que a ingrid se le quiten as ganas de matarla.. Oins q mono q es Jake por ahora no se sae mas tarde e.e. Enserio yo lof mucho tu novela. :)))). Bss con swagesuraaa;)*___*
me encanta esta novela MUCHOOO :D .
sube capitulo pronto bessoss..
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