La humanidad siempre ha anhelado descubrir todos los secretos del universo. Impregnarse de sabiduría sobre lo desconocido. Es justamente esa necesidad del conocimiento y la curiosidad los factores que impulsarán a Elisabeth, una joven chica que se matricula en la universidad más prestigiosa del mundo, Harvard, con el fin de sacarse la carrera de bellas artes, su pasión; en el descubrimiento de secretos profundos de los que podría depender ella misma.

Durante sus primeras horas de estancia, uno de los estudiantes de la Universidad, conocido como Justin Bieber, atrae toda su atención al notar cierto misterio en su interior; miles de secretos que ella desea descubrir y que harán que su vida recobre otro sentido.

¿Cuáles son los secretos que se ocultan detrás de Justin que tanto afectarán su vida? Cuando cree que lo mejor que puede hacer es huir de todo eso, ¿podrá, una vez sepa toda la verdad, ocultarse de ella y rehacer su vida o será demasiado tarde para dar marcha atrás y pretender que todo ha vuelto a la normalidad?

jueves, 18 de julio de 2013

Capítulo 5 "Práctica de Taller"

   Los pasillos de repente se habían estrechado. Esquivando a la multitud, Beth zigzagueó con la mochila colgando de un hombro, cargada con un estuche lleno de lápices de colores y de punta fina de carbón, sin olvidar los demás materiales plásticos como las temperas  por ejemplo. También llevaba su bloc y un cuaderno de hojas blancas para la primera clase del día; Práctica de Taller, con la Señora Simons, tal como había mencionado el profesor Donovan en la charla el día anterior. Lo peor de aquello, era que iba a llegar tarde su primer día de clases.
Genial. Los lunes siempre se quedaba dormida. Raramente Aaron no se veía obligado a colarse en su casa y hacer todo tipo de maniobras para despertarla, después se sentaba en su cama y la acompañaba con una marcha militar mientras la animaba a coger velocidad arreglándose para salir pitando por la puerta. Al final, siempre llegaban con al menos cinco minutos de retraso, pero ya era costumbre para los profesores.
   Un grupo de estudiantes que hablaban en un idioma distinto al suyo, que por la forma en la que muchas veces se trababan con su propia lengua, pudo decir que no se trataba de su primer idioma. Más bien parecía alemán, o ruso quizá. No estaba muy segura.
   El caso, era que habían formado un tapón en el pasillo, lo que le complicó bastante la torpe serpenteada que se vio obligada a hacer por entre sus piernas. Cuando salió del barullo, después de comprobar que incluso sus zapatos estaban más a la moda que los horribles mocasines de punta que llevaba una de las chicas integrantes de los estudiantes que estorbaban, corrió hacia el siguiente pasillo, donde se suponía que debían estar las primeras aulas. Estupendo, pensó. No sabía que clase era.
   Cuando Beth había salido por la puerta, su compañera todavía seguía durmiendo. Había intentado tomar el papel de Aaron, pero lo único que había conseguido es que se acobijara aún más en su manta y que le mascullara medio dormida un:
   –Luego me pasas los apuntes –se encogió de hombros y se fue–.
   El problema era que por muy rápido que intentase llegar, seguía sin la más mínima idea de a dónde dirigirse. Comenzó a avanzar por ese primer pasillo, con la esperanza de ver algún cartel sobre una de las puertas en la que pusiese el nombre de la clase, o algo que le indicase donde podía ser. Ya ni siquiera había apenas gente fuera de las aulas y el reloj del fondo del pasillo marcaba las nueve menos veinte, diez minutos más tarde de que sonase el timbre que advertía sobre el comienzo del día lectivo.
   Segundo pasillo. Nada. Ni una sola pista. Se estaba comenzando a plantear si abrir todas las puertas y pedir millones de disculpas por la equivocación, pero sabía que eso le demoraría demasiado tiempo.
   –¿Extraviada? –una no muy familiar voz irrumpió en su mente, o quizá en el pasillo, pero le había sorprendido tanto que se llevó la mano al corazón mientras se giraba sobre sí misma y la cara se le desencajaba.
   Su pelo rubio–muy habitual por aquí, por cierto–se veía cubierto por un clásico sombrero como el de Michael Jackson. Ella había visto mil veces uno como esos en casa de su mejor amigo, quien era fan del cantante. Pero ahora no era capaz de pensar en Aaron y en sus deslizamientos por el parqué de su casa intentando imitar el típico paso de Michael, sino que su vista se fijaba sobre el Chico Misterioso. Su Chico Misterioso. El que Ingrid había llamado por su nombre: Justin.
   Iba enteramente de negro; tanto sus oscuros vaqueros como su camisa eran negros, negros como la noche. Su pelo brillaba, lo poco que de él se veía bajo el sombrero, a la luz de los fluorescentes colocados sobre sus cabezas.
   –No –dijo tratando de disimular su embobamiento– Buscaba la clase de Práctica de Taller. –en seguida se maldijo por no haber dicho otra cosa. Había negado lo que él había dicho para después volver a afirmarlo.
Muy inteligente, Beth, muy inteligente.
   –Y no la encuentras. –dijo él. Era más una afirmación que una pregunta– En lo que a mi vocabulario respecta, eso es estar extraviada.
   Beth no soportaba a las personas que se consideraban superiores y, para su decepción, Justin se estaba comportando como tal. Como había hecho en la cafetería al llamarla “niña”. De repente, algo se había activado en ella. Sí. Él la intimidaba. Pero no iba a tolerar eso.
   –Nadie ha pedido tu ayuda –soltó, totalmente segura de que eso acabaría con la seguridad del chico sobre ella, o al menos le dejaría boquiabierto. Aunque, pensándolo bien, nunca se habría podido imaginar algo diferente en su expresión facial que no fuese seriedad–.
   –Nadie te la ha ofrecido –dijo él, divirtiéndose con la sorpresa en su cara.
   Si antes se había sentido intimidada, ahora era más que eso. También sentía cierta antipatía en él. Incluso Jake se había comportado más cortésmente con ella, sin olvidar el incidente de la cena, que él hasta el momento.
   –¿Te importaría decirme dónde está la clase que estoy buscando? –decidió que perder los estribos no la llevaría a ningún sitio. Si antes había querido acercarse y hablar con él por pura curiosidad, ahora quería correr lejos y ocultarse para evitar que siguiese contrarrestando sus palabras– Ya es tarde y...
   –¿Y no quieres retrasarte más? –¿qué demonios? Eso era justamente lo que iba a decir antes de que la interrumpiera y él mismo acabara la frase. Claro que no era muy difícil de intuir. No creía que tuviese cara de saltarse las clases.
   –¿Qué haces aquí? –preguntó ella sin venir a cuento, de pronto curiosa.
   –Estar, respirar, hablar contigo... Ya sabes –contestó, haciéndola rodar sus ojos y ponerlos en blanco ante su incoherente respuesta para seguir riéndose de ella, mientras él seguía apoyado en una de las vigas que sostenían el techo sobre sus cabezas, de brazos cruzados–.
   –¿Se puede tener una conversación normal contigo? –preguntó ella, cansada de su estúpido juego.
   –Vaya, chica, tres preguntas seguidas. Realmente te tomas en serio tu trabajo de detective. Dime. ¿Poli bueno o poli malo?
   –Eres irritante –lo había dicho. Al fin y al cabo, era lo que pensaba. No podía creer que se hubiese preocupado tanto por conocer a alguien así–.
   –La veintiséis, esperar y normalmente, no. –frunció el ceño, confusa, antes de comprender que había contestado a sus anteriores preguntas.
   Al fin, tenía rumbo. No había ninguna razón por la que seguir aguantando al molesto chico que ella había creído admirar en secreto.
   –Cretino. –dijo a modo de despedida antes de colocarse mejor la mochila sobre el hombro derecho y darse la vuelta para salir del pasillo.
   –El placer es mío, Chica Sopa. –le oyó decir cuando giró la primera esquina.
   El placer es mío, Chica Sopa. Repitió ella, haciendo una burla aún sabiendo que no podía verla, ni escucharla. ¿Cómo las apariencias podrían engañarla tanto? Parecía el chico más lindo que jamás hubiese visto, por dentro y por fuera, pero ahora sabía que en el peor de los casos la opción del exterior era la única válida. Los cinco minutos de conversación que habían mantenido habían sido un desperdicio, pensaba mientras caminaba hacia el siguiente pasillo. Era un creído, claramente. ¿Quién diablos se creía? Le daban ganas de sacar su estuche y volver para tirárselo a la cabeza, estropear su perfecta imagen de alguna manera.
   Al entrar en el pasillo que seguía al anterior, descubrió, muy a su pesar, que las aulas estaban numeradas por encima del número treinta, y Justin había dicho que era la veintiséis. Así que... ¿El aula que había estado buscando durante veinte minutos había estado delante de sus narices mientras luchaba contra sus ganas de golpear a su ex Chico Misterioso? Y él no había dicho nada. Por supuesto. Se había quedado ahí parado mientras se reía en silencio de ella para cuando volviese, porque él sabía que lo haría cuando se diese cuenta del error.
En ese momento se preguntó mientras se maldecía por qué diablos no había cogido uno de esos mapas del centro. Todo habría sido más fácil.
Retrocedió. Con suerte él se habría ido. Pero cuando estuvo frente al pasillo de antes, él seguía ahí, con sus cincelados trazos faciales.
   –Hola de nuevo. –dijo con una sonrisa torcida. Pero no era una sonrisa cualquiera, sino una sonrisa satisfactoria, victoriosa incluso, que sacó a Beth totalmente de quicio.
   Abrió la puerta de la veintiséis con fuerza, casi sin pensar, lo que provocó que de repente se viera en una clase con más de treinta alumnos mirando. Haciendo el cálculo, eso serían al menos sesenta ojos clavados en ella.
   –Siento el retraso –murmuró. El hecho de que en la clase no hubieran pupitres la alertó. ¿Hasta dónde iba a caminar ahora y terminar con ese calvario que le provocaba tanta atención? Se refugió entre la multitud de sus compañeros de clase, y mientras lo hacía podía reconocer un par de caras que había visto antes. Como la del chico, Eric, que había discutido con Donovan en la charla de presentación; Jake también se encontraba entre los presentes, quien al verla le dedicó una sonrisa inocente; incluso las cuatro chicas que habían hecho sentir su entrada el día anterior en la recepción. El grupo de Las Pijas. Las Niñas de Papá. La Chupi-pandi.
   –Yo también lo siento. –dijo firme la Sra. Simons atrayendo su atención, quien se hallaba apoyada sobre la mesa del profesor– ¿Sabes dónde se han metido tus compañeros? –Beth se limitó a negar con la cabeza. Mentir era lo último que tenía pensado hacer, pero tampoco iba a ser ella quien los delatase.
   Fue precisamente ese momento en el que se fijó en como lucía su profesora de Arte. Era una mujer realmente estrafalaria. Llevaba unas mallas ajustadas con estampados de flores. Por encima y tapando hasta la rodilla, se había puesto un vestido rojo a juego con su pelo, el cual tenía recogido en un alto moño sobre que parecían haber volcado un cubo de zumo de tomate. Unas gafas cuadradas, a diferencia de las del profesor Stephen, de montura gruesa y morada descansaban sobre su tabique nasal. Verdaderamente, parecía haberse levantado por la mañana y seleccionado prendas al azar, y ése era el resultado final.
   –Está bien. Hablaremos al final de la clase. –y con eso dio por finalizada la conversación. Se preguntó si Justin se iba a quedar ahí los restantes cuarenta minutos o si haría algo más productivo con su vida, como entrar en clase. Pero no le importaba. Era mejor así. Él y su sarcasmo tan lejos de ella como fuese posible.
   Fue entonces cuando se fijó mejor en el aula. Era grande. Muy grande. La parte frontal estaba adornada con un pizarrón, varios jarrones con flores de todo tipo, la mesa del profesor, un caballete y un estante en el que se veía colocado desde su sitio el material necesario para llevar a cabo las clases prácticas.
Las demás paredes se componían por ventanas y en el resto de la clase había mesas de trabajo en grupo y caballetes agrupados al final del aula. Todo lo que de una clase de arte se puede necesitar.
   –Muy bien, alumnos. –dijo Simons. Su frente ya no se fruncía y el tono de voz se había vuelto alegre, casi mostrando más emociones de lo que la postura con la que la había recibido mostraba– Sin más rodeos, iremos al grano con el primer trabajo del curso. Antes de explicar en lo que consiste haré las parejas–los alumnos se quejaron cuando el verbo de la frase había sido utilizado en primera persona: “haré”. Lo que significaba que no era un trabajo libre.
   Odiaba que las notas de sus trabajos dependieran de una lista. Si alguien que no estaba dispuesto a mover un dedo le tocaba como compañero, todo había sido culpa de la primera letra de su apellido y de que esa persona tenía la misma, la siguiente o la anterior. ¿Qué culpa se suponía que tenía ella?
   –¿Por qué no podemos elegir nosotros a nuestra pareja? –preguntó alguien a quien no pudo identificar, claramente decepcionado.
   –Porque debéis conoceros, estaréis juntos durante todo el año y trabajando en equipo es la mejor manera de hacerlo. –respondió la Sra. Simons– Ya me lo agradeceréis.
Dudo que lo hagan.
   La profesora de Arte cogió de la mesa el listado que contenía los nombres y apellidos de los alumnos que formaban la clase y se bajó ligeramente las gafas para leerlo.
   –William Alexander –un chico alto, moreno, cuya piel parecía haber sido quemada por el sol el suficientemente tiempo como para dejarla ligeramente bronceada, dio un paso al frente– tu pareja será Stephanie Adams. –la chica que se posicionó a su lado no parecía tener ningún inconveniente con lo que le había tocado. Simons continuó– Justin Drew Bieber –obviamente él no estaba, pero como si de una invocación a su nombre se tratase apareció por la puerta, seguido de aquella chica, Ingrid. Beth intentó ocultarse un poco más tras sus compañeros. Sabía que los asuntos no habían quedado zanjados para Ingrid– Hablando del rey de Roma, ¿nos honrarían uniéndose a mi clase? –preguntó. Estaba claro que la pregunta era retórica.
   –Por supuesto, Helen. –pero como no. Él debía contestarla para poder dormir bien por la noche–Siempre atento a tus explicaciones. –y sin más, cerró la puerta y se colocó al lado de ella, cruzando sus brazos sobre su pecho. A Beth le impresionaba su indiferencia. ¿Cómo se podía ser tan incompetente? Se preguntaba– Supongo que estabas informando sobre las parejas del siguiente trabajo. Escucho tu veredicto sobre mí.
Estúpido.
   Rezaba y cruzaba sus dedos porque no les tocase juntos, lo cual tenía una posibilidad del noventa por ciento, ya que su apellido comenzaba con C y el de Justin con B. Aunque todavía podía aspirar al otro diez por ciento. Pero, ¿no era eso lo que había estado queriendo desde que le había visto por primera vez? Diablos. Como cambiaban las cosas.
   –Me alegra que estés tan predispuesto, pero eso no anula tu gran retraso, jovencito. –vamos, vamos, dilo ya– De todos modos, tu pareja será Jake Black.
   Su corazón dio cinco vueltas de alegría y ella estuvo a punto de alzar su puño en señal de victoria, pero se contuvo. Lo único que no quería era parecer una pirada, una ida mental. Miró a Jake de reojo, quien parecía totalmente insatisfecho con la decisión de la profesora cuando movió la cabeza alejando la vista de todos. Justin no había cambiado su expresión de ninguna manera ante la noticia. Parecía como si no le hubiese afectado en absoluto.
   De repente, su euforia paró en seco. ¿Con quién le tocaría ahora a ella? Si no era con Jake, y tampoco con Justin...
   –Oh –dijo con sorpresa– Un nombre nuevo en mi clase. Elizabeth...Anne...Cooley –pronunciaba su nombre completo dejando un extendido espacio entre palabra y palabra, como si estuviese estudiándolo, examinando cada sílaba–.
   –Esa soy yo. –dijo Beth tímidamente, adelantando un paso delante del menudo chico tras el que se había ocultado hasta ese momento– Prefiero que me llamen Beth.
   –¿Alguna razón en particular? –preguntó curiosamente. Todo el mundo atento a ella y a su inminente respuesta.
   Era evidente que no iba a sacar el punto de niña pequeña de Lo odio. Es horrible delante de toda esa gente a la que después vería todos los días.
   –No realmente.
   –En ese caso no habrá ningún problema en que te llame por tu nombre completo las veces que vea conveniente, ¿verdad? –¿cuándo se suponía que lo vería conveniente? Su respuesta dependía bastante, pero tan sólo negó con la cabeza– Bien. Tu pareja será Ingrid Christensen.
Mierda.
Su suerte comenzaba a cambiar.
   Tras agrupar a todas las parejas, Simons explicó en qué consistía su primer trabajo en parejas del año. Se trataba de plasmar sobre el lienzo lo que veían en su respectiva pareja. Había dejado bastante claro que no debía de ser algo físico, sino algo más abstracto, como las “vibraciones” que esa persona les transmitían. Supuestamente, y citando textualmente; Sirve para conocernos unos a los otros. Si eres capaz de dibujar el interior de alguien, eres capaz de abrir puertas en él. ¿Qué era lo que eso quería decir? Beth no tenía ni la más mínima idea. Pero su principal problema se acababa de presentar, el cual no era precisamente la nota final que obtendría en el trabajo, sino si lo acabaría con vida.
   Mientras sus compañeros comenzaban a elaborar sus pinturas, a hablar entre ellos y a sentarse frente al caballete que su pareja había elegido para que éste pudiese observarlo mientras hacía ridículas líneas sin sentido sobre el lienzo, Beth se había sentado frente a uno de los caballetes también mientras esperaba su inminente muerte. Se preguntaba con qué tenía planeado acabar con su vida, pero todo apuntaba a que de un momento a otro Ingrid estaría sosteniendo sobre su garganta una navaja, haciéndola sufrir con un lento corte de la yugular por haber profanado su sopa con la mano.
   –¿Qué tal, linda? –la voz de Jake llamó su atención, haciéndola girarse para mirarle y ver una sonrisa en su cara. Esa no era precisamente la idea de una visita demasiado agradable antes de dejar este mundo pero por lo menos no era Ingrid la Sanguinaria.
   –Hey. –dijo débilmente.
   –Esto apesta. El reparto de parejas es un asco.
   –Yo estoy contenta con la mía. –ironizó, pero temió que Jake no cogiera el sarcasmo de la frase– Aunque me hubiera gustado que me tocase alguien que no vaya a intentar matarme pero, ya sabes– continuó para asegurarse de que lo hacía. Él rió levemente con nerviosismo.
   –Siento lo de ayer. Puede que me... –trataba de encontrar la palabra adecuada– precipitara. –¿Sólo puede?
   –No hay problema. De todos modos...
   –¿Sabéis? –Simons la interrumpió irrumpiendo en  la conversación, con los brazos en jarras. Por detrás, Ingrid se acercaba tras dejar lo que parecía una muy interesante conversación con Justin, pero al oír lo que Helen decía paró en seco, elevando una de sus negras cejas– Creo que tengo algo mejor.
   –¿A qué se refiere? –preguntó Beth, ignorando la mirada de la chica que ahora se cernía sobre ella.
   –Me refiero, a que pienso que algo no está bien en estas dos parejas.
   –Ya somos dos –afirmó Jake de acuerdo con ella, mientras le echaba un vistazo a Justin, quien intimidantemente les observaba apoyado sobre la pared. Pero Simons no pareció oírle–.
   –Necesito parejas de chicos y chicas, y vosotros cuatro sois los únicos emparejados con alguien de vuestro mismo sexo–me miraba–, mi intuición me dice que la señorita Christensen y tú sois grandes amigas, –que gran intuición– y vosotros dos ya os conocéis –dijo volviéndose hacia Jake y hacia Justin– haremos una reasignación de compañero.
   Los ojos de Jake parecían haber recobrado esperanzas. No es que Beth no quisiese tenerle como pareja–lo cual era exactamente lo que no quería–pero maldecía a Brittany condenándola a visitar el Infierno por no haberse despertado a tiempo esa mañana. Quizá. Tal vez. Habría conseguido que las emparejara a ellas dos.
   –Eso esperaba, Beth y yo... –pero la señora Simons no parecía tener los mismos planes cuando volvió a interrumpir la frase de Jake y le dedicaba una mirada que decía No me estás entendiendo.
   –Había pensado más bien en la señorita Christensen y tú. –espera. Alto el carro. Frena. ¡Sooo, caballo! ¿Qué quiere decir eso? Que... ¡Ni hablar!
   La mirada de Beth se dirigió hacia la lasciva y divertida sonrisa de Justin como un acto reflejo. A pesar de estar lo suficientemente lejos de ellos como para mantenerse fuera de la conversación, también se encontraba lo suficientemente cerca como para escucharla y mantenerse al tanto de los cambios de última hora de Simons.
Buena jugada, Beth, te ha marcado un punto más grande que tu cabeza sin ni siquiera mover un dedo.
   –Yo estoy de acuerdo con Jake –intervino ella rápidamente– Creo que trabajamos mejor juntos. –El kit de la cuestión es...¿Qué tal si dejamos que Ingrid me mate?
   –No vais a hacerme cambiar de idea. Está decidido. Beth, irás con Bieber. Y Jake, tú con Christensen. –y ésa había sido su sentencia final antes de volverse e ir hasta su mesa, donde se sentó a ojear una revista sobre decoración de interiores.
   –Genial. –suspiró Jake girándose hacia la profesora– ¿Y qué se supone que voy a hacer yo? Esa tía es de todo menos simpática. Seguramente pinte todo el lienzo de negro para representarla –Simons no prestaba ni la más mínima atención a su queja– Vieja bruja. –masculló volviendo hasta Justin y diciéndole algo que los oídos de Beth no captaron.
   Olvidando a Ingrid y considerando que ya se había dado media vuelta , Beth se volvió hacia su lienzo todavía virgen, tratando desesperadamente de no mirar al chico al que ella había considerado antes una especie de monumento andante que en cualquier momento se acercaría a ella. ¿Cómo había sido tan tonta? Se preguntaba. En realidad la respuesta a su pregunta estaba bastante clara: No había tenido la decepcionante ocasión de comprobarlo de cerca. Y no se refería precisamente a su apariencia. La breve conversación que habían mantenido era tan sólo, además de una pérdida de tiempo, absurda. No había por donde cogerla. Después de darle un par de vueltas había comprendido que en realidad él era como una nuez vacía; a simple vista, atractiva para cualquier ardilla, pero a la hora de abrirla estaba hueca por dentro. O por lo menos esa era la descripción que su madre solía darle a ese tipo de personas.
     –Vaya capacidad de persuasión para que nos emparejaran–la que se había vuelto una irritante voz para sus oídos apareció por detrás como un soplo de viento frío que la congeló–.
   –Si piensas que yo dije algo para que cambiara las parejas, estás equivocado.
   –¿Sabes? Te has salvado de una buena. Ingrid todavía sigue furiosa por lo de ayer –gracias por la información, no tenía ni idea, Einstein–.
   –Ya me disculpé. Si quiere patearme el trasero tendrá que coger número y esperar a que me importe –¿De dónde demonios había salido eso? Tan sólo conseguiría empeorar las cosas. Sabía perfectamente que Justin la informaría de todo aquello y las tentativas de asesinato contra ella se intensificarían–.
   –No parecías tener tanto carácter con tu mano dentro de ese plato. –No parecías tener tanto carácter con tu mano dentro de ese plato-pensó en el mismo tono de burla de antes-Idiota– Por cierto, ¿muchos daños?
   –¿Podríamos hacer esto? –señaló el lienzo colocado sobre el caballete ignorando su pregunta. No quería seguir hablando con él de algo que no fuese sobre el trabajo propuesto mientras se burlara de ella.
   Él tomó su mano derecha, la que había sido sumergida en la ardiente sopa de Ingrid, arrebatándosela en un descuido y la inspeccionó. Su tacto se sentía cálido y agradable, y cuando una especie de electricidad estática se apoderó de su mano allá donde se rozaban, Beth la zafó de un tirón. Ahí sentada se veía tan pequeña comparada con él que sintió la necesidad de levantarse, y así lo hizo, pero aún así Justin le sacaba al menos una cabeza y media. En seguida maldijo sus genes de baja estatura.
   –Estoy bien. ¿Por qué todo el mundo exagera tanto sobre eso? Sólo era sopa.
   –La sopa de Ingrid –corrigió–.
   –La sopa de Ingrid. –repitió ella rodando los ojos–Y ahora, ¿podemos empezar?
   –Claro –dijo, para su sorpresa. ¿Así? ¿Tan fácil? ¿Dónde estaba la trampa?
   Se sentó en una silla delante de ella y comenzó a mirarla fijamente. De una manera desconcertante. ¿Cómo iba a concentrarse si él clavaba su vista en ella de esa manera?
   –¿Quieres dejar de hacer eso? –se quejó. Ahí estaba la trampa.
   –¿Qué estoy haciendo? –preguntó, divertido. Así que a él le hacía gracia su incomodidad, ¿no?
   –Eso. Mirarme así.
   –¿Y cómo quieres que te mire, Chica Sopa?
   –Deja de llamarme así. Y puedes mirar a otro lado. –estaba empezando a sacarla de sus casillas. De nuevo.
   –¿Dónde se supone que debo mirar, Elizabeth?
Estás jugando sucio, Bieber.
   –Creo que no te daré el privilegio de decidir cómo llamarme –dijo, cogiendo una de las paletas pringada de los colores básicos que había sido dejada sobre la base de la parte baja del caballete–.
   –No esperaba que lo hicieras –replicó él, sin mover ni un solo centímetro ningún músculo de la cara, conservando la sonrisa divertida.
   Una parte de ella quería reconocer que incluso ahí sentado, burlándose de ella, sobre la silla del revés con esa sonrisa en la cara se veía atractivo. Pero la otra parte, la sensata, le decía que era un completo idiota. Alguien a quien esquivar. Jake había estado en lo cierto cuando le había advertido sobre él y sus compañías.
   Sin pensarlo demasiado, manchó uno de los pinceles del bote que yacía junto a la paleta con pintura negra de ésta, e hizo un garabato en medio del lienzo, acabando con su blancura en una fracción de segundo.
   –Me muero por ver qué es lo que estás pintando ahí.
Ojalá te mueras de verdad.
   Continuó dibujando líneas, círculos y todo tipo de formas a diestro y siniestro, con diferentes colores-aunque todos fríos. Exceptuando el rojo que había utilizado para describir la calidez de sus manos-hasta que se hubo quedado sin colores y sin espacio. Trató de ignorar su todavía atravesante mirada, hasta que con un carraspeo le indicó que había terminado.
   –Déjame ver. –se levantó de la silla, posicionándose después a su espalda.
   Beth podía sentir su lenta respiración azotarle en la nuca, por lo que podía calcular la distancia a la que se encontraba de ella. ¿Qué iba a hacer? ¿Apuñalarla bajo las órdenes de Ingrid? No le era de extrañar. Posiblemente hubiese cometido ya tantos crímenes que uno más la mandaría directa al calabozo. A esas alturas necesitaba secuaces para hacer el trabajo sucio.
   –Hay algo que no entiendo –susurró, demasiado cerca de su oído–.
   –No hace falta que lo entiendas –contestó ella ante su pregunta no formulada fríamente–.
   –¿Por qué rojo? –preguntó ignorándola completamente. Ésta vez le oyó más lejos, lo que le permitió darse la vuelta para encontrarse con él y su ceja elevada– Entre tanto negro, gris y azul eso me confunde. Es como si hubieses colocado un rayo de sol en mitad de la noche.
   Claramente no podía contestar esa pregunta de la manera en la que lo pensaba sin hacer que su ego aumentara. ¿Cómo podría decirle que a pesar de que fuera extremadamente estresante y odioso él era ardiente? Extrañamente, cuando se encontraban frente a frente no se sentía tan intimidada, pero cuando se trataba de la distancia, o incluso el pensamiento, le hacía sentir escalofríos.
   –Simplemente creí que dentro de todo eso que tienes de cretino hay algo de ser humano. –él prácticamente soltó una carcajada ante la excusa rápidamente elaborada que le había dado– Tú turno. –dijo empujando la paleta y el pincel contra su pecho. Cuando él las recogió y sus manos volvieron a rozarse brevemente, esa electricidad reapareció para volver a calmarse cuando ella ya se había sentado en la silla en la que Justin había estado sentado durante al menos diez minutos, mientras él reemplazaba el lienzo que Beth acababa de utilizar para describir lo poco, aunque suficiente, que sabía de él, por uno nuevo.
Se preguntó si él también podía sentir esa electricidad o si ella era la única.
   Justin no tardó demasiado en acabar con su parte. Tan pronto como estuvo frente a la pintura, su frente formó una horrible arruga al fruncirse.
   –¿Un punto?
   Eso era todo lo que había manchado el blanco lienzo. Un punto negro en medio de éste.
   –Un punto. –confirmó él, ante la incrédula pregunta de Beth.
   –¿Un maldito e insignificante punto? –repitió. Casi dolida.
   –Créeme. Me gustaría tanto como a ti ver más que eso. Pero no eres un libro abierto, Elizabeth. He de admitir que me sorprende que detrás de esa histeria que yo te provoco no consiga ver nada. –admitió, rodeándola cuál predador acorrala a su presa.
   –Puedo decir lo mismo de ti. –se dignó a decir finalmente, cuando se hubo parado frente a ella, a un metro de distancia.
   –Te abriré. Tarde o temprano lo haré, Cooley. –eso fue lo último que dijo antes de desaparecer por la puerta en cuanto la campana dio la clase por finalizada.
   ¿Qué había querido decir con eso? Abrir un libro implicaba leerlo. Y aplicando eso a la vida real, ¿significaba que quería conocerla? Beth no estaba segura de querer conocerle ella a él. ¿O sí? Era evidente que el apodo que ella le había dado en un principio, antes de saber cómo se llamaba, le hacía justicia. Era un tipo bastante misterioso y reservado. Además de su habilidad de sacarla de quicio, ¿qué sabía ella de él? Que se movía con esa gente tan rara que Jake había descrito como ni-de-broma-te-fíes. Y ahí acababa la lista de sus conocimientos.
   Apartó los lienzos a un lado, unidos, y colocó su mochila sobre el hombro, encaminándose a la siguiente clase.
   –Elizabeth –Simons la llamaba desde su mesa, sobre la que todavía se encontraba sentada– ¿Podemos hablar un momento? Solo te tomará un segundo.
   –Claro.
   –Quería que habláramos sobre tu retraso. Como comprenderás, no me gusta tener que interrumpir mis clases. ¿Sería una molestia si pudieses llegar un poco antes? –¿por qué se lo decía a ella? Ni que fuese la única que se había retrasado. Además, su retraso estaba justificado. No encontraba la clase y cuando se dignó a preguntar la habían retenido con un montón de frases sin sentido.
   –Lo siento, Mrs. Simons. –aún así se disculpó.
   –Oh, no, querida. Llámame Helen. Me hace sentir más joven. –rió– Estoy segura de que a partir de ahora serás puntual. –Beth asintió– Por cierto, ¿podrías decirle a la señorita Daniels que dormir es menos importante que desarrollar su creatividad? Ya hablaré con Justin y con Ingrid.
¿Cómo...?
   –¿Brittany? Se lo diré. Pero, ¿cómo sabe que se quedó durmiendo?
   –Cariño, he tenido a Brittany como alumna durante los suficientes años como para saber que una cita con la almohada le haría cancelar cualquier otro asunto. 

2 comentarios:

Unknown dijo...

Me encanta tu novelaaaa.. Uiii el shastem.. Dejo pensativa a lizzy heehehe pobreticaa. Sube pronto porfa.. Ojala que a ingrid se le quiten as ganas de matarla.. Oins q mono q es Jake por ahora no se sae mas tarde e.e. Enserio yo lof mucho tu novela. :)))). Bss con swagesuraaa;)*___*

cristianesarai dijo...

me encanta esta novela MUCHOOO :D .
sube capitulo pronto bessoss..
<3<3<3<3<3<3